EL AULLIDO EN LA NIEVE: CÓMO UNA NOCHE DE TORMENTA CAMBIÓ EL DESTINO DE UN REINO
La nieve no caía; atacaba. Era una de esas tormentas cerradas del Pirineo, donde el cielo y la tierra se funden en un blanco absoluto y violento que borra el mundo. El viento aullaba como una bestia herida, golpeando las gruesas paredes de piedra de mi cabaña, buscando una grieta, una debilidad por donde colarse y reclamar el calor que guardaba dentro.
Me llamo Nina Carballo. Y hasta hace tres días, mi mayor preocupación era si la leña de roble aguantaría hasta marzo o si las tuberías del pozo se congelarían.
Ajusté el chal de lana sobre mis hombros y removí las brasas de la chimenea. Las llamas bailaron, reflejándose en los cristales empañados. Llevaba dos años en este exilio autoimpuesto, en una antigua borda de pastores que había reformado con mis propias manos en lo alto del Valle de Ordesa. Lejos de la ciudad, lejos de las miradas de lástima, lejos de mi antigua vida. Aquí, el silencio era mi compañero. Un compañero duro, pero honesto.
Estaba preparada para aislarme. Tenía garbanzos, chorizo y patatas para sobrevivir un asedio. Tenía libros. Tenía mi soledad.
Pero entonces, el viento trajo algo más.
No fue el golpe de una rama, ni el crujido del tejado bajo el peso de la nieve. Fue un sonido orgánico. Un lamento. Un ganido agudo, desesperado, que atravesó el estruendo de la tormenta y se clavó directamente en mi pecho.

Me paralicé con la taza de té a medio camino de los labios. Conocía ese sonido. Me había criado escuchando historias de lobos, pero esto… esto sonaba humano en su desesperación.
—No es problema tuyo, Nina —susurré, mi voz sonando extraña en la habitación vacía—. No salgas. Es un suicidio.
Otro gemido. Más débil. Seguido de otro. Y otro. Era un coro de muerte a las puertas de mi casa.
Maldije en voz baja. Un “joder” sonoro y castizo que resonó en la cocina. Sabía que no podría dormir si no miraba. Mi abuela siempre decía que tengo el corazón demasiado blando para este mundo cruel, y esa noche, su voz resonaba en mi cabeza. Me vestí con la rapidez de quien se prepara para la batalla: tres capas de térmica, el jersey de lana gorda que me tejió mi tía, el anorak impermeable, las botas de montaña. Cogí la linterna de alta potencia y una bobina de cuerda de escalada.
Abrí la puerta y el invierno me golpeó en la cara con la fuerza de un martillo.
La visibilidad era nula. Me até la cuerda a la cintura y aseguré el otro extremo a la viga maestra de la entrada. Avancé a ciegas, hundiendo las piernas hasta la rodilla en la nieve virgen.
A diez metros, el haz de luz de la linterna iluminó un bulto gris.
El corazón me dio un vuelco. Era inmenso. Un lobo, pero no un lobo cualquiera. Era una bestia colosal, de un gris tormenta, con el pelaje cubierto de escarcha. Estaba tumbado de costado, respirando con estertores rápidos y superficiales. Me arrodillé a su lado, quitándome un guante para tocar su cuello. Estaba helado. Un frío antinatural, como si la muerte ya viviera dentro de él.
—Vamos, grandullón —murmuré, agarrándolo por el torso.
Pesaba una barbaridad. Mis botas resbalaban, mis brazos protestaban, pero la adrenalina es una droga potente. Tiré. Tiré con la fuerza de la desesperación, arrastrando al animal centímetro a centímetro hacia la luz cálida de la entrada. Cuando logré meterlo en el recibidor y cerrar la puerta, mis pulmones ardían.
Pero no había terminado. Sabía que había más.
Volví a salir. El segundo estaba cerca del leñero. Una hembra negra, preciosa y letal, con una vieja cicatriz cruzándole la oreja. La arrastré. El tercero. El cuarto.
Fue una pesadilla en bucle. Salir al infierno blanco, buscar un cuerpo caliente que se enfriaba por segundos, arrastrarlo, volver a salir. Perdí la noción del tiempo. Mis manos, a pesar de los guantes, estaban entumecidas. Mi espalda gritaba de dolor. Pero cada vez que pensaba en rendirme, veía otro destello de ojos ámbar o escuchaba otro gemido ahogado.
El vigésimo lobo era más pequeño, de un dorado pálido, casi un cachorro en comparación con los monstruos anteriores. Lo abracé contra mi pecho para arrastrarlo, sintiendo cómo temblaba violentamente.
—Aguanta —le susurré al oído, con las lágrimas congelándose en mis pestañas—. Ya casi estamos. Te prometo que vas a entrar en calor.
El número veinticuatro era diferente. Un macho alfa, gigantesco, de pelaje marrón rojizo y hocico canoso. Cuando intenté moverlo, abrió un ojo. Un ojo dorado, inteligente, humano. Me miró y, por un segundo, sentí que me pedía perdón.
—Cállate y ayúdame un poco —le gruñí, tirando de sus patas delanteras.
Cuando metí al último, el número veinticinco, mi cabaña ya no era una casa. Era una alfombra viva de piel y respiraciones agonizantes. No cabía ni un alfiler. Tuve que caminar con cuidado sobre ellos, pisando en los pequeños huecos entre costillas y colas.
Cerré la puerta y eché el cerrojo. El silencio de la tormenta quedó fuera, sustituido por el sonido rítmico y húmedo de veinticinco respiraciones laboriosas.
Me puse a trabajar. No como una veterinaria, que no lo era, sino como una mujer española que sabe que un buen caldo resucita a los muertos. Llené mis ollas más grandes con agua, eché huesos de jamón, verduras, carcasas de pollo que tenía para la sopa, y añadí jengibre y pimienta negra. Necesitaba que entraran en calor desde dentro.
Pasé la noche en vela. Me movía entre ellos como un espectro, cambiando toallas húmedas por secas, masajeando patas rígidas, obligándoles a beber el caldo tibio con una jeringuilla de cocina.
—Tú no te mueres hoy —le dije al lobo blanco, el último que había traído. Era el más grande de todos, de un blanco puro, inmaculado. Su cabeza reposaba cerca de la chimenea. Tenía una presencia regia, incluso inconsciente.
Le acaricié la cabeza mientras le limpiaba la nieve del hocico. Su pelaje era suave, lujoso.
—Qué lío, ¿eh? —le hablé en voz baja, la soledad haciéndome conversadora—. Veinticinco perros gigantes en mi salón. Mi madre me mataría si viera la alfombra.
Cerca de las cuatro de la madrugada, el agotamiento me venció. Me acurruqué en el único hueco libre, un pequeño triángulo de suelo entre el lobo blanco, el alfa rojizo y el cachorro dorado. El calor que emanaban sus cuerpos era reconfortante, un horno vivo. Me sentía extrañamente segura, protegida por las mismas bestias que deberían aterrorizarme.
Cerré los ojos y la oscuridad me llevó.
El despertar fue lento. Lo primero que noté fue el olor. Ya no olía solo a perro mojado y leña. Olía a hombre. A sudor, a testosterona, a piel.
Lo segundo que noté fue el silencio. Un silencio tenso, cargado, eléctrico.
Abrí los ojos.
Parpadeé. Una vez. Dos veces.
Donde antes había lobos, ahora había hombres.
Hombres desnudos o semidesnudos, cubiertos precariamente con mis mantas de cuadros y mis toallas. El salón de mi cabaña parecía el vestuario de un equipo de rugby después de una derrota brutal. Había cuerpos por todas partes. Y todos, absolutamente todos, me miraban.
Me incorporé de golpe, tirando de la manta para cubrirme hasta la barbilla, consciente de que llevaba mi pijama de franela con dibujos de ovejas.
—¡Virgen Santa! —exclamé, retrocediendo hasta chocar con la pared de piedra.
El hombre a mi derecha, el que había sido el lobo alfa rojizo, se sentó lentamente. Era un muro de músculos, con el cabello cobrizo revuelto y una cicatriz que le cruzaba la mejilla. A pesar de estar envuelto en una manta rosa de ganchillo, emanaba una autoridad militar.
—Señora… —su voz era grave, ronca por el desuso—. En nombre del Reino de Tornecron, le damos las gracias por su hospitalidad… y por nuestras vidas.
Se llevó el puño al corazón, un gesto solemne y antiguo.
—Soy el Comandante Marcos Valles, líder de la Guardia Real. Y estos… —hizo un gesto hacia la masa de hombres confundidos que empezaban a despertarse— son mis soldados.
Mi cerebro intentaba procesar la información, pero patinaba.
—¿Lobos? —balbuceé—. ¿Sois… hombres lobo?
—Licántropos, señora —corrigió Marcos con suavidad—. Y sí. La tormenta nos atrapó regresando de una misión en la frontera norte. Debido a… ciertas complicaciones, no pudimos mantener la temperatura corporal. Si no nos hubiera arrastrado dentro, estaríamos muertos.
Miré alrededor. El chico rubio, el que había sido el lobo dorado, me miraba con adoración desde el suelo. La mujer de la cicatriz en la oreja (ahora una mujer impresionante de piel oscura y mirada fiera) asentía con respeto.
—Complicaciones —repetí, mi mente de enfermera (o lo que quedaba de ella tras dejar la carrera) atando cabos—. Estabais demasiado fríos. No era solo hipotermia. Era… antinatural.
Un silencio pesado cayó sobre la sala. Marcos intercambió una mirada con la mujer morena.
—La Maldición —susurró ella.
—¿La qué?
—La Maldición de Hielo —explicó Marcos, su rostro ensombreciéndose—. Afecta a nuestra manada desde hace meses. Nos debilita, nos impide cambiar a voluntad, nos drena el calor vital. Por eso nos atrapó la tormenta. Somos vulnerables.
Me froté las sienes. Esto era demasiado. Yo solo quería vivir tranquila en el monte, comer migas y leer novelas. Ahora tenía a veinticinco soldados malditos en mi salón.
—Necesito un café —decreté, poniéndome de pie. Mis rodillas temblaron, pero mantuve la compostura. Soy española, y ante la crisis, ofrecemos comida o bebida—. Voy a hacer café. Mucho café. Y vosotros… —señalé el montón de ropa que guardaba en un baúl para donar— tapaos con lo que encontréis. No quiero ver ni una vergüenza más en mi casa.
Algunos soltaron risitas nerviosas. La tensión se rompió un poco.
Mientras la cafetera italiana gorgoteaba en el fuego, llenando la cabaña con ese aroma a hogar y normalidad, intenté racionalizar. Vale, existen los hombres lobo. Vale, están en mi casa. Vale, están malditos. Podría ser peor. Podrían ser inspectores de Hacienda.
Estaba sirviendo las tazas (tuve que usar vasos de agua, cuencos y hasta un frasco de mermelada vacío porque no tenía vajilla para un regimiento) cuando alguien llamó a la puerta.
No fue un golpe normal. Fue un golpe autoritario. Tres toques secos.
La atmósfera en la cabaña cambió instantáneamente. Dejaron de ser hombres agradecidos y heridos para convertirse en soldados. Se tensaron, sus posturas se volvieron rígidas. Marcos se levantó, ignorando el dolor visible en sus costillas, y se puso delante de mí.
—Nadie se mueve —ordenó.
Se acercó a la ventana y miró a través de la rendija de la cortina. Su espalda se puso rígida como una tabla.
—Mierda —susurró.
—¿Qué pasa? —pregunté, acercándome.
—El ejército.
Miré por encima de su hombro. La tormenta había pasado, dejando un cielo azul cristalino y un sol que hacía brillar la nieve como diamantes. Pero el paisaje idílico estaba roto.
Rodeando mi cabaña, formando un semicírculo perfecto, había cientos de hombres y mujeres. Vestían uniformes negros tácticos, impecables, con un emblema plateado en el hombro: una corona de espinas. Estaban inmóviles, armados, silenciosos.
Y en el centro, descendiendo de un helicóptero negro que acababa de aterrizar en el prado cercano levantando una nube de nieve polvo, había una figura.
Llevaba un abrigo largo de lana negra, el cabello oscuro ondeando al viento y caminaba con una elegancia depredadora.
—El Rey —dijo Marcos, y había miedo en su voz. Miedo real—. Dominic Acheron ha venido en persona.
—¿El Rey? —mi voz subió una octava—. ¿Por qué vendría un rey aquí?
—Porque pensaron que estábamos muertos —dijo la mujer morena, Zara—. Llevamos desaparecidos catorce horas. Han venido a recuperar los cuerpos.
Un hombre con galones de General se adelantó hacia el porche. Marcos abrió la puerta antes de que la echaran abajo. El aire frío entró de nuevo, pero esta vez nadie se quejó.
—¡Comandante Valles! —bramó el General, con una mezcla de alivio e incredulidad—. ¡Por la Diosa! Os dábamos por perdidos.
—Hemos tenido suerte, General —respondió Marcos, cuadrándose a pesar de estar envuelto en una manta de flores—. Encontramos refugio.
El General miró más allá de Marcos, hacia el interior de la cabaña. Sus ojos recorrieron a sus soldados y finalmente se posaron en mí. Yo estaba allí, pequeña, despeinada, con mi pijama de ovejas y una cafetera en la mano.
—¿Y ella? —preguntó el General.
—Ella nos salvó —dijo Marcos, y su tono no admitía réplica—. Ella sola. Nos arrastró uno a uno desde la nieve. Nos curó. Nos mantuvo con vida. Su nombre es Nina Carballo.
El Rey, que había permanecido en silencio observando la escena, avanzó. Al verlo de cerca, sentí que el aire se escapaba de mis pulmones.
Era el hombre más bello y aterrador que había visto nunca. Sus ojos no eran grises, eran plata pura, brillantes, casi metálicos. Tenía rasgos duros, aristocráticos, y una boca que parecía no haber sonreído en años.
Se detuvo en el umbral. Sus ojos de plata se clavaron en los míos y sentí una sacudida física, como si hubiera tocado un cable pelado.
Me miró. Me examinó. Y luego, sus ojos bajaron a mi cuello.
Instintivamente me llevé la mano a la marca de nacimiento que tenía allí, justo debajo de la oreja derecha. Una mancha rojiza con forma de luna creciente y tres pequeños puntos. Siempre la había odiado. Mi madre decía que era un beso de un ángel; los niños del colegio decían que era suciedad.
Los ojos del Rey se abrieron ligeramente. La sorpresa rompió su máscara de indiferencia.
—Imposible —susurró. Su voz era profunda, vibrante, una voz acostumbrada a dar órdenes y ser obedecida.
Entró en la cabaña sin pedir permiso. El espacio pareció encogerse ante su presencia. Se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal, oliendo a ozono, nieve y pino.
—Déjame ver —ordenó. No fue una pregunta.
Aterrada, pero incapaz de moverme, aparté la mano. Él extendió los dedos, rozando la piel de mi cuello sin llegar a tocarla. El calor de su mano irradiaba sobre mi piel fría.
—Tres estrellas en la luna —dijo, volviéndose hacia una anciana que acababa de entrar tras él. La mujer era pequeña, arrugada como una pasa, apoyada en un bastón de madera retorcida—. Sybil, mira esto.
La anciana se acercó, sus ojos lechosos y ciegos clavados en mí como si pudiera ver mi alma. Olfateó el aire.
—Es ella, Majestad —graznó la anciana, y una sonrisa desdentada cruzó su rostro—. La magia en esta casa… es antigua. Primordial. No es una simple humana, ni una loba común. Es una Omega Primordial.
—¿Una qué? —pregunté, retrocediendo hasta chocar con la encimera de la cocina.
—La profecía —dijo el Rey Dominic, sin apartar la mirada de mí—. “Cuando el invierno congele la sangre de los reyes, una Omega nacida bajo tres estrellas, con corazón puro y manos sanadoras, romperá el hielo con fuego de su alma”.
Me eché a reír. Fue una risa nerviosa, histérica.
—Mire, señor Rey. Esto es muy bonito, muy de película, pero se equivoca. Yo soy Nina. Vivo aquí porque me gusta el silencio y hago un cocido montañés decente. No soy ninguna Omega, ni primordial ni secundaria. Soy… soy enfermera en excedencia.
Dominic dio un paso más, acorralándome.
—Salvaste a veinticinco de mis mejores guerreros tú sola. Arrastraste pesos que deberían haberte roto la espalda. Les diste calor cuando la maldición debería haberles consumido. ¿Crees que eso es normal? ¿Crees que una humana podría haber hecho eso?
Me quedé callada. La verdad era que no. No sabía de dónde había sacado la fuerza anoche. Solo sabía que tenía que hacerlo.
—Mi pueblo está muriendo, Nina —dijo Dominic, y por primera vez, la arrogancia desapareció de su voz, dejando ver una desesperación profunda y dolorosa—. La maldición nos está matando. Uno a uno. Mis soldados, mis amigos, mi familia. Nos congelamos desde dentro y nada puede pararlo. Hasta hoy.
Se quitó el guante de cuero negro y me tendió la mano. Era una mano grande, callosa, fuerte.
—Ven con nosotros al Castillo de Tornecron. Ayúdanos a romper la maldición.
—¿Y si digo que no? —pregunté, temblando.
—Entonces moriremos todos —respondió con brutal honestidad—. Y tú volverás a tu vida tranquila sabiendo que podrías habernos salvado.
Miré a Marcos, el comandante que me había defendido. Miré al chico rubio. Miré a Zara. Todos me miraban con esperanza. Una esperanza silenciosa y suplicante.
Maldita sea mi conciencia. Maldito sea mi corazón blando.
—Tengo condiciones —dije, alzando la barbilla. Si iba a meterme en la boca del lobo, lo haría con mis propias reglas.
Dominic arqueó una ceja, sorprendido por mi audacia.
—Te escucho.
—Primero: voy voluntariamente, no como prisionera. Si quiero irme, me traes de vuelta aquí. Segundo: nada de secretos. Me explicas qué es esa maldición y qué tengo que hacer exactamente. Y tercero… —miré el desastre de mi salón—. Alguien tiene que limpiar este desastre antes de irnos.
Una leve sonrisa, casi imperceptible, curvó la comisura de los labios del Rey. Fue como ver el sol salir tras la tormenta.
—Trato hecho, Nina Carballo.
Me dio la mano. Y en el momento en que nuestra piel se tocó, una descarga de energía recorrió mi brazo, subió por mi columna y estalló en mi cerebro. No fue dolor. Fue… reconocimiento. Como si una pieza de un puzle que llevaba perdida toda mi vida acabara de encajar en su sitio.
Él también lo sintió. Sus pupilas se dilataron. Apretó mi mano un segundo más de lo necesario, luego se apartó bruscamente, como si se hubiera quemado.
—Preparen el helicóptero —ordenó, girándose hacia sus hombres y recuperando su máscara de hielo—. Nos llevamos a la salvadora a casa.
Mientras subía al helicóptero, viendo mi pequeña cabaña hacerse minúscula bajo nosotros, rodeada por la inmensidad blanca de los Pirineos, supe que no volvería. No como la misma mujer. La Nina que hacía mermeladas y leía junto al fuego se había quedado abajo.
Ahora volaba hacia un castillo escondido en las montañas, con un Rey que me miraba como si fuera su salvación y su perdición al mismo tiempo.
El viaje duró apenas veinte minutos, pero pareció una eternidad. Dominic se sentó frente a mí, con las piernas largas ocupando casi todo el espacio. No dejaba de mirarme. No con lascivia, sino con una intensidad analítica, como si intentara descifrar un código escrito en mi cara.
—¿Tienes miedo? —preguntó, su voz apenas audible sobre el ruido de los rotores.
—Estoy aterrorizada —admití—. Me acabo de subir a un helicóptero con un extraño que dice ser Rey de los Hombres Lobo. Mi madre diría que soy idiota.
—Tu madre crió a una mujer valiente.
—O a una imprudente.
El castillo apareció entre la bruma como un sueño de piedra negra. Estaba incrustado en la roca viva de un pico inaccesible, una fortaleza gótica que desafiaba la gravedad y el tiempo. Torres afiladas pinchaban el cielo, y murallas inmensas protegían un patio interior donde se veía actividad frenética.
Aterrizamos. El viento aquí arriba era aún más feroz. Dominic bajó primero y me ofreció la mano para ayudarme a descender. Esta vez, al tocarlo, estaba preparada para la descarga. Fue más suave, un zumbido cálido bajo la piel.
—Bienvenida a Tornecron —dijo.
Entramos en el Gran Salón. Era un espacio cavernoso, iluminado por antorchas y enormes lámparas de araña de hierro forjado. Banderas con la corona de espinas colgaban de las paredes. Pero lo que me heló la sangre no fue la decoración, sino la gente.
Había decenas de personas allí. Y muchas de ellas… estaban enfermas.
Vi a hombres y mujeres sentados en bancos, envueltos en mantas, temblando con ese mismo temblor violento que había visto en los lobos. Tenían la piel pálida, los labios azules. La maldición no era una leyenda; era una plaga.
—Por Dios… —murmuré, llevándome la mano a la boca.
—Cada día caen más —dijo Dominic, su rostro endurecido por el dolor—. Mis curanderos no pueden hacer nada. La magia nos está devorando desde dentro.
—¿Qué tengo que hacer? —pregunté. Ya no había dudas. Viendo el sufrimiento en esas caras, supe que haría lo que fuera necesario.
La anciana Sybil apareció a nuestro lado.
—El ritual de la Luna de Sangre —dijo con su voz de grajo—. Debes vincular tu energía vital con la del Rey. Tú eres el canal, la tierra que filtra el veneno. Él es la fuerza. Juntos, debéis purificar la línea de sangre.
—¿Vincular? —pregunté, recelosa—. ¿Qué significa eso exactamente?
Dominic me miró, y por primera vez vi rubor en sus mejillas pálidas.
—Significa que tienes que abrir tu mente y tu alma a mí. Y yo a ti. No habrá secretos. Veré tus miedos, tus recuerdos, tus vergüenzas. Y tú verás los míos. Es una intimidad más profunda que… que cualquier acto físico.
Tragué saliva. ¿Dejar que este desconocido viera todo lo que soy? ¿Mis inseguridades? ¿La razón por la que me exilié a las montañas?
—¿Y si no funciona?
—Si no funciona —dijo Sybil—, la energía te destrozará. Morirás. Y el Rey morirá contigo.
Un silencio sepulcral cayó sobre nosotros.
—No tienes que hacerlo —dijo Dominic rápidamente—. Nina, te lo dije. Es peligroso. Puedes irte ahora. Te daré oro, te daré protección, te enviaré a cualquier lugar del mundo.
Miré a una niña pequeña que tosía en los brazos de su madre, envuelta en mantas al fondo de la sala. La niña me miró con ojos grandes y asustados.
Suspiré. Soy española, soy cabezota y, aparentemente, soy una heroína suicida.
—Nadie se va a ningún sitio —dije, quitándome el abrigo—. Sybil, prepara lo que tengas que preparar. Dominic… Rey Dominic… enséñame dónde empezamos.
Los días siguientes fueron un borrón de preparativos. Me instalaron en una habitación que era más grande que toda mi cabaña, con sábanas de seda y una bañera donde cabía una familia entera. Pero apenas la usé. Pasaba las horas en la biblioteca antigua con Sybil y Dominic, estudiando los textos antiguos, aprendiendo a meditar, a controlar mi respiración, a “abrir mis barreras mentales”.
Y pasaba tiempo con Dominic.
Descubrí que no era el tirano frío que aparentaba. Era un hombre cansado. Un hombre que había heredado una corona maldita y que cargaba con el peso de la supervivencia de su especie sobre sus hombros. Le gustaba el ajedrez. Odiaba las espinacas. Tenía un sentido del humor seco y sarcástico que me hacía reír a pesar de la situación.
—¿Por qué te fuiste a las montañas, Nina? —me preguntó una noche, mientras cenábamos en sus aposentos privados. Había jamón ibérico y queso manchego en la mesa, un detalle que agradecí casi llorando.
Jugué con mi copa de vino.
—Porque el mundo es muy ruidoso —dije—. Y la gente… la gente miente. En la montaña, si te equivocas, te caes o te congelas. Es honesto. Aquí abajo… te apuñalan sonriendo.
—Te hicieron daño —no fue una pregunta.
—Me rompieron el corazón —admití—. Un hombre que prometió amarme y se fue con mi mejor amiga. Cliché, ¿verdad? Pero dolió. Así que me fui. Decidí que estaba mejor sola.
Dominic extendió la mano sobre la mesa y cubrió la mía.
—Él era un imbécil —dijo con firmeza—. Y un ciego.
Sentí el calor subir a mis mejillas.
—¿Y tú, Majestad? —contraataqué—. ¿Dónde está tu reina?
Su expresión se ensombreció. Retiró la mano.
—La maldición mató a mis padres cuando yo era joven. Decidí que nunca me vincularía con nadie para no condenarla a este destino. Un Rey maldito no debe amar.
—Eso es muy noble —dije suavemente—. Y muy triste.
—Es necesario.
—Era necesario —corregí—. Hasta ahora.
La noche del ritual llegó con la luna llena. El cielo estaba despejado, y la luna colgaba sobre el castillo como una moneda de plata gigante. Me vistieron con una túnica blanca sencilla, de lino fino. Me sentía como una novia a punto de casarse, o como un sacrificio a punto de ser inmolado. Quizás ambas cosas.
Me llevaron a las catacumbas, a una cueva subterránea donde un lago de aguas negras reflejaba la luz de la luna que entraba por una grieta en el techo.
Dominic estaba allí, esperándome. Estaba sin camisa.
Madre del Amor Hermoso.
Si con ropa era imponente, así era escultural. Tatuajes tribales negros recorrían su pecho y sus brazos, contando la historia de sus ancestros. Pero entre la tinta negra, se veían venas oscuras, ramificaciones de la maldición que buscaban su corazón.
Se metió en el agua hasta la cintura. Me tendió la mano.
—El agua está helada —advirtió.
Entré. El frío me cortó la respiración, pero Dominic me agarró y me atrajo hacia él. Su cuerpo ardía. Era la única fuente de calor en ese mundo de hielo.
—Mírame, Nina —susurró, con nuestras caras a centímetros de distancia—. No mires nada más. Solo a mí.
—Solo a ti —repetí, hipnotizada por sus ojos de plata.
Sybil comenzó a cantar en un idioma gutural y antiguo desde la orilla. El agua empezó a vibrar.
—Ábrete a mí —ordenó Dominic.
Cerré los ojos y dejé caer mis muros. Dejé caer la barrera que había construido alrededor de mi corazón durante dos años. Dejé que entrara.
Y él entró.
Fue como una inundación. Sentí su presencia en mi mente, no como una voz, sino como una emoción pura. Sentí su soledad, tan profunda como la mía. Sentí su miedo a fallar a su pueblo. Sentí… ¿sentí amor? No, era deseo. Un deseo feroz, posesivo, abrumador… por mí.
¿Él me desea? pensé, aturdida.
Más que a nada, respondió su voz en mi cabeza. Desde el momento en que me gruñiste en tu cocina.
Abrí los ojos de golpe. Él me miraba con una intensidad que derretiría glaciares.
—Ahora, Nina —gimió—. ¡Canalízalo!
La maldición nos golpeó. Fue un dolor físico, agónico. Sentí como si mil agujas de hielo se clavaran en mis huesos. Sentí el veneno intentando asfixiarme, intentando apagar mi luz.
Grité.
—¡Aguanta! —rugió Dominic, sujetándome con fuerza—. ¡Usa mi fuerza! ¡Tómala toda!
Me aferré a él. Clavé mis uñas en sus hombros. Y en lugar de luchar contra el frío, lo abracé. Usé ese calor extraño que Sybil decía que yo tenía, esa “magia de Omega”, y la empujé hacia él. Visualicé el fuego de mi chimenea, el calor del caldo, el sol de España.
Empujé esa luz dentro de él, persiguiendo las sombras, quemando el hielo.
El agua a nuestro alrededor comenzó a hervir. Vapor blanco llenó la cueva. Dominic echó la cabeza hacia atrás y soltó un aullido que hizo temblar la montaña. Un aullido de dolor y de liberación.
Y entonces, todo explotó en luz blanca.
EL DESPERTAR DEL VÍNCULO: ECOS EN LA PIEDRA NEGRA
La luz blanca no se desvaneció de golpe; se retrajo lentamente, como una marea de leche brillante que dejaba tras de sí una playa de dolor y agotamiento. Lo primero que volvió a mí no fue la vista, sino el sonido. Un zumbido constante, grave, como el de una colmena enfurecida, resonaba dentro de mi cráneo. No, no en mis oídos. Dentro de mi mente.
—Nina… respira. Por favor, respira.
La voz no venía de fuera. Era profunda, masculina y estaba cargada de un pánico que no encajaba con la figura regia que yo recordaba. Era Dominic. Pero su voz sonaba como si estuviera gritando dentro de una catedral vacía en mi propia cabeza.
Abrí los ojos. O al menos, lo intenté. Mis párpados pesaban como si fueran de plomo. Cuando finalmente logré separarlos, una luz tenue y dorada me recibió. No estaba en la cueva húmeda y helada. Estaba en una habitación inmensa, tumbada sobre un colchón que parecía una nube, envuelta en sábanas de hilo egipcio que olían a lavanda y a… él. A ozono y pino.
Intenté incorporarme, pero un gemido se escapó de mis labios. Sentía el cuerpo como si me hubiera atropellado un camión en la M-30. Cada músculo, cada tendón, palpitaba con un dolor sordo, residual.
—Quieta. No te muevas, cabezota.
Una mano grande y cálida se posó en mi hombro, empujándome suavemente hacia las almohadas. Giré la cabeza. Dominic estaba sentado en un sillón de terciopelo verde junto a la cama. Tenía un aspecto terrible y magnífico a la vez. Llevaba una camisa blanca desabotonada, y su pecho, visiblemente marcado por las venas negras que recordaba, ahora lucía limpio. Las líneas negras de la maldición habían desaparecido, dejando solo los tatuajes tribales y una piel bronceada y saludable.
Pero tenía ojeras profundas, y una barba de tres días sombreaba su mandíbula.
—¿Estoy viva? —pregunté. Mi voz sonaba como si hubiera estado haciendo gárgaras con grava.
—Estás viva —confirmó él, y vi cómo sus hombros se relajaban por primera vez, como si hubiera estado sosteniendo el techo del castillo él solo—. Y has dormido tres días seguidos. Empezaba a pensar que eras la Bella Durmiente y que tendría que besarte para despertarte, aunque Sybil dijo que solo era agotamiento mágico.
—Tres días… —El pánico me golpeó. Intenté sentarme de nuevo, ignorando el dolor—. Mis gallinas. Dejé la puerta del gallinero cerrada, pero si ha nevado…
Dominic soltó una carcajada, un sonido rico y genuino que me vibró en el pecho.
—Tranquila, mujer de las montañas. Mandé a dos de mis guardias a tu cabaña hace dos días. Tus gallinas están alimentadas, tu cabra ha sido ordeñada y tu casa está vigilada. Nadie toca tus cosas.
Me dejé caer de nuevo, aliviada. Cerré los ojos un momento y entonces lo sentí de nuevo. Esa presencia. Era como tener a alguien de pie justo detrás de ti en una habitación vacía, pero multiplicado por mil. Podía sentir una calidez en el fondo de mi mente, una corriente dorada que no era mía.
—¿Qué es eso? —susurré, llevándome la mano a la sien—. Siento… ruido. Siento emociones que no son mías.
Dominic se tensó. Se inclinó hacia adelante, tomando mi mano entre las suyas.
—Es el vínculo, Nina. Te lo advertí. Cuando nos unimos en el lago, no fue algo temporal. Tu magia y la mía se fusionaron para quemar la maldición. Ahora… estamos conectados.
—¿Conectados como… Wi-Fi? —pregunté, intentando usar el humor como escudo.
—Más bien como un cable de alta tensión directo al alma —respondió él, serio—. Puedo sentirte. Ahora mismo sientes confusión, un dolor físico de nivel cuatro en la escala de diez, y… un hambre voraz de cocido.
Abrí los ojos de par en par.
—¿Puedes leer mis pensamientos? Porque si es así, tenemos un problema. A veces pienso cosas muy… privadas.
Dominic sonrió de medio lado, esa sonrisa arrogante que empezaba a resultarme peligrosamente atractiva.
—No leo tus palabras exactas a menos que tú las proyectes, pero siento tus emociones y tus intenciones. Y tú puedes sentir las mías. Inténtalo.
Dudé. Pero la curiosidad mató al gato, y yo siempre fui muy gata. Me concentré en esa corriente dorada en mi mente. Tiré de ella suavemente.
De repente, una ola de emociones me golpeó. Alivio. Un alivio tan inmenso que me dieron ganas de llorar. Gratitud. Y debajo de todo eso, un deseo ardiente, una adoración tan profunda y pura que me dejó sin aliento. Él me miraba como si yo fuera la octava maravilla del mundo.
Retiré mi mente de golpe, sonrojándome hasta la raíz del pelo.
—Madre mía —murmuré—. Eso es… intenso.
—Es lo que somos ahora —dijo él suavemente—. Compañeros. Aunque tú aún no hayas aceptado el título, la magia ya ha decidido.
—Yo no he decidido nada —repliqué, mi terquedad española saliendo a flote—. He salvado a tu gente, sí. Pero no he firmado ningún contrato de matrimonio ni de “compañerismo”. Yo quiero volver a mi monte.
La expresión de Dominic se ensombreció, y sentí su decepción como un sabor amargo en mi boca. Pero asintió.
—Lo sé. Y mantendré mi promesa. Pero primero debes recuperarte. Sybil dice que tu cuerpo necesita asentar la magia. Si te vas ahora, podrías sufrir un colapso. Dame una semana. Una semana para que te recuperes, para que veas que Tornecron no es una prisión… y luego te llevaré yo mismo a tu puerta.
—Una semana —acepté, aunque una parte traicionera de mí, esa parte que se sentía tan bien conectada a él, no quería irse.
La puerta se abrió con un chirrido y Sybil entró, seguida por Marcos Valles. El comandante lucía su uniforme de gala, impecable, pero cuando me vio despierta, rompió el protocolo y me sonrió de oreja a oreja.
—¡La heroína despierta! —exclamó Marcos—. Nina, si no fueras una dama, te daría un abrazo que te rompería las costillas que te quedan sanas.
—Inténtalo y te muerdo, chaval —bromeé, devolviéndole la sonrisa.
—¿Cómo se encuentra el reino? —preguntó Dominic, volviendo a su modo de Rey.
La sonrisa de Marcos se desvaneció un poco. Intercambió una mirada con Sybil.
—La maldición se ha roto, Majestad. No hay nuevos casos. Los enfermos se están recuperando a una velocidad milagrosa. El pueblo… el pueblo está eufórico. Cantan canciones sobre la “Dama de las Nieves” en las tabernas del pueblo bajo.
—Pero… —instó Dominic, captando la duda en el aire.
—Pero el Consejo no está tan contento —intervino Sybil, golpeando el suelo con su bastón—. El Duque Valeriano y sus aliados están… inquietos. Dicen que es peligroso que una extranjera, una Omega sin linaje conocido, tenga tanto poder sobre el Rey.
—Valeriano —gruñó Dominic, y sentí una oleada de ira roja a través del vínculo—. Ese viejo buitre preferiría reinar sobre un cementerio antes que ver su influencia mermada.
—Ha convocado una audiencia de emergencia —dijo Marcos—. Exigen ver a la chica. Quieren comprobar si es… “segura”.
Sentí un escalofrío. No por la magia, sino por el tono de la palabra “segura”. Me sonó a amenaza.
—No soy un animal de feria —dije, incorporándome a pesar del mareo—. Si quieren verme, que vengan. No tengo nada que ocultar.
—No tienes que ir, Nina —dijo Dominic, poniéndose de pie. Su sombra cubrió la cama—. Son políticos. Viciosos y crueles. Yo me encargaré de ellos.
—No —dije, y puse mis pies descalzos sobre la alfombra fría—. Tú tienes que gobernar. Yo tengo que demostrar que no soy una bruja ni una espía. Además… —le miré a los ojos desafiante—, tengo hambre. Y supongo que en esa audiencia habrá comida, ¿no? O al menos podré comerme a alguno de esos consejeros con patatas.
Dominic me miró un segundo, atónito, y luego soltó otra carcajada.
—Dioses, eres imposible. Está bien. Iremos. Pero no te apartes de mi lado. Valeriano tiene una lengua de plata, pero sus intenciones son de arsénico.
La Sala del Trono de Tornecron era impresionante, una catedral de piedra negra y vidrieras que contaban las guerras de los licántropos. Pero el ambiente no era de celebración. Había unas cincuenta personas reunidas en semicírculo frente al estrado. Hombres y mujeres vestidos con sedas y terciopelos, cargados de joyas, que me miraron como si fuera un insecto interesante que acabaran de descubrir en su ensalada.
Caminé junto a Dominic. Él me había ofrecido su brazo, y yo lo acepté, no por protocolo, sino porque mis piernas aún temblaban. Llevaba un vestido que Sybil me había traído, de terciopelo azul noche, sencillo pero elegante, que ocultaba mis botas de montaña (me negué a ponerme tacones).
—Majestad —dijo un hombre alto, delgado y con una perilla perfectamente recortada, adelantándose. Llevaba una capa de armiño que debía costar más que mi cabaña entera. El Duque Valeriano—. Nos alivia ver que habéis sobrevivido al… experimento.
—No fue un experimento, Duque —respondió Dominic, su voz resonando en la sala—. Fue la salvación de vuestras vidas y las de vuestros hijos. Y ella es la responsable.
Valeriano clavó sus ojos en mí. Eran ojos fríos, calculadores.
—Nina Carballo. Una humana… o eso parece. Una Omega exiliada, según mis informes. —Dio un paso hacia mí, olfateando el aire discretamente—. Curioso. Vuestro aroma es… potente. Demasiado potente para alguien sin pedigrí.
—Y su educación es demasiado escasa para un Duque —repliqué antes de que Dominic pudiera defenderme—. En mi pueblo, cuando alguien te salva la vida, se dice “gracias”, no se le olfatea como a un perro en celo.
Se hizo un silencio sepulcral en la sala. Algunos cortesanos ahogaron exclamaciones. Marcos, que estaba de guardia junto al trono, tosió para disimular una risa.
Los ojos de Valeriano destellaron con ira, pero su sonrisa no vaciló.
—Tenéis espíritu, muchacha. Eso es peligroso en la corte. Aquí, el espíritu suele romperse antes que el hueso.
—He cargado lobos de cien kilos en medio de una ventisca, Duque —dije, manteniendo la barbilla alta—. Tengo la espalda dura.
Dominic apretó mi brazo, transmitiéndome orgullo y advertencia a la vez.
—Basta —cortó el Rey—. Nina está bajo mi protección personal. Cualquier ofensa hacia ella será considerada traición. El ritual ha sido un éxito. La maldición ha terminado. Esta noche celebraremos un banquete en honor a la vida. Y espero veros a todos sonriendo y brindando por nuestra salvadora. ¿Entendido?
Fue una orden, no una sugerencia. Valeriano inclinó la cabeza, pero su mirada prometía venganza.
—Como ordenéis, Majestad. Pero tened cuidado. La magia antigua siempre tiene un precio. Y a veces, el precio se cobra cuando uno menos lo espera.
Esa noche, mientras me preparaba para el banquete, no podía quitarme la sensación de peligro de encima. El vínculo con Dominic zumbaba en mi cabeza, una alerta constante. Él estaba inquieto. Yo estaba inquieta.
Y teníamos razón para estarlo. Porque en Tornecron, los monstruos no siempre tienen garras. A veces llevan seda y sonríen mientras te sirven el vino.
LA DANZA DE LAS MÁSCARAS Y EL CRISTAL ROTO
La música llenaba el Gran Salón, una melodía de violines y chelos que era a la vez hermosa y melancólica. Cientos de velas flotaban mágicamente cerca del techo abovedado, iluminando a la nobleza de Tornecron en todo su esplendor. Había mesas cargadas de comida: jabalí asado, faisanes, torres de frutas, quesos de todas las regiones… pero mi estómago estaba cerrado a cal y canto.
Estaba sentada a la derecha de Dominic, en la mesa principal elevada sobre el resto. Desde mi posición, podía ver a todos. Y todos podían verme a mí.
—Respira —susurró Dominic, inclinándose hacia mí bajo el pretexto de ofrecerme una copa de vino—. Estás tan tensa que si te toco vas a sonar como una cuerda de violín.
—No me gustan —murmuré entre dientes, manteniendo una sonrisa falsa pegada a la cara—. Me miran como si estuvieran calculando cuánto valen mis órganos en el mercado negro.
—Solo tienen curiosidad. Y miedo. Eres la primera Omega en siglos que tiene poder real sobre el Rey. Eso altera el equilibrio de poder.
—Yo no quiero poder. Quiero croquetas y mi sofá.
Dominic sonrió y rozó su rodilla con la mía por debajo de la mesa. El contacto envió chispas por mi pierna.
—Te prometo que pediré a las cocinas que intenten hacer esas “croquetas” tuyas mañana. Pero ahora, tienes que bailar conmigo.
—¿Qué? No. Ni hablar. Yo bailo la jota en las fiestas del pueblo cuando llevo tres vinos, Dominic. No sé bailar vals ni minué ni lo que sea que tocan aquí.
—Confía en mí —dijo, poniéndose de pie y tendiéndome la mano.
La sala se quedó en silencio cuando el Rey se levantó. No tuve opción. Si le rechazaba, sería un insulto público. Suspiré y tomé su mano.
Me guio hasta el centro de la pista de baile. Su mano se posó en mi cintura, firme y posesiva. La otra entrelazó sus dedos con los míos.
—Solo sígueme —murmuró—. Yo te llevo. Siente el ritmo a través del vínculo.
La música cambió a un vals lento. Y ocurrió algo mágico. No tuve que pensar en mis pies. Sentía los movimientos de Dominic un microsegundo antes de que los hiciera. Sabía cuándo iba a girar, cuándo iba a pausar. Nos movíamos como una sola entidad, fluidos, perfectos.
El mundo desapareció. Las miradas envidiosas, el Duque Valeriano observando desde una esquina, el miedo… todo se desvaneció. Solo quedaban sus ojos de plata y el calor de su cuerpo contra el mío.
—Estás preciosa, Nina —dijo, su voz ronca—. Nunca pensé que vería algo tan hermoso en este castillo gris.
—Tú tampoco estás mal para ser un perro sarnoso que recogí en la nieve —bromeé, aunque el corazón me latía a mil por hora.
Él rió suavemente y me hizo girar.
—Quédate —dijo de repente, poniéndose serio—. No te vayas en una semana. Quédate conmigo. Sé mi Reina.
Me detuve en seco, rompiendo el ritmo del baile. La música siguió, pero nosotros estábamos en nuestra propia burbuja de silencio.
—Dominic… no puedo. Este no es mi mundo. Mira a esa gente. Me odian. Y yo… yo necesito libertad. No puedo vivir en una jaula, aunque sea de oro y tú tengas la llave.
El dolor en sus ojos fue tan agudo que me dolió físicamente a través del vínculo.
—No sería una jaula. Cambiaríamos las reglas. Tú y yo.
Antes de que pudiera responder, un camarero se acercó con una bandeja de copas de cristal tallado para el brindis real.
—Majestad —dijo el joven, temblando ligeramente—. El vino para el brindis.
Dominic, frustrado por la interrupción pero manteniendo la compostura, cogió dos copas. Me tendió una.
—Por la salvadora de Tornecron —anunció en voz alta, alzando la copa hacia la multitud.
—¡Por la salvadora! —respondieron cientos de voces.
Dominic se llevó la copa a los labios. Yo hice lo mismo. Pero justo cuando el líquido rojo tocó mi lengua, el vínculo estalló.
¡VENENO!
No fue un pensamiento consciente. Fue un instinto animal, primitivo, que vino de la parte de lobo de Dominic, pero amplificado por mi propia magia de sanadora. Mi nariz detectó un olor dulce y enfermizo debajo del aroma a uva, algo que olía a acónito y magia negra.
—¡NO! —grité.
Manoteé la copa de Dominic con tanta fuerza que salió volando de su mano y se estrelló contra el suelo de mármol. El sonido del cristal roto resonó como un disparo. El vino tinto se derramó como sangre, y donde tocaba la piedra, burbujeaba y siseaba, corroyendo el suelo.
El silencio que siguió fue absoluto.
Dominic miró el suelo humeante, luego a mí, y sus ojos pasaron de plata a un ámbar salvaje. Su rostro se transformó en una máscara de furia asesina.
—¡Cerrad las puertas! —rugió. Su voz era tan potente que las velas parpadearon—. ¡Nadie sale de aquí!
Los guardias de Marcos cerraron las inmensas puertas de roble con un estruendo. El pánico estalló en la sala. Gritos, empujones.
El camarero que había traído el vino estaba pálido como un cadáver. Intentó retroceder, pero Dominic se movió con una velocidad inhumana. En un parpadeo, había saltado sobre la mesa y tenía al hombre agarrado por el cuello, levantándolo del suelo con una sola mano.
—¿Quién? —gruñó Dominic, sus dientes alargándose, sus uñas convirtiéndose en garras—. ¡Dime quién te lo dio o te arranco la cabeza ahora mismo!
—¡No lo sé! —lloró el hombre, pataleando—. ¡Llevaba una capucha! ¡Me dijo que era un filtro de amor! ¡Juro que no sabía que era veneno!
—Dominic, suéltalo —dije, corriendo hacia él. Podía sentir su ira a punto de consumirlo. Estaba perdiendo el control. El lobo quería sangre—. No fue él. Mira allí.
Señalé hacia la esquina donde había estado el Duque Valeriano. Estaba vacía. Pero cerca de una de las puertas laterales de servicio, vi el borde de una capa de armiño desaparecer.
—Valeriano —dijo Dominic, soltando al camarero, que cayó al suelo tosiendo—. ¡Marcos! ¡Quiero la cabeza de Valeriano en una pica!
Pero antes de que Marcos pudiera moverse, las luces se apagaron. Todas las velas se extinguieron simultáneamente. La oscuridad fue total.
—¡Nina! —gritó Dominic. Sentí su mano buscando la mía en la oscuridad.
Pero yo ya no estaba allí.
En el momento en que se apagaron las luces, sentí algo frío y duro alrededor de mi cintura. No eran manos. Era magia. Un lazo invisible me arrastró hacia atrás con una fuerza brutal. Intenté gritar, pero una mordaza de aire sólido me tapó la boca.
Fui arrastrada a través de la multitud en pánico, golpeándome contra sillas y personas. Sentía la desesperación de Dominic en mi mente, buscándome como un faro en la tormenta.
¡DÓNDE ESTÁS! ¡NINA!
¡Ayúdame! grité mentalmente, pero sentí cómo algo bloqueaba el vínculo. Una barrera mágica, espesa y oscura, se estaba levantando alrededor de mí, cortando la conexión. La voz de Dominic se volvió un susurro, luego un eco, y finalmente… silencio.
Fui arrastrada hacia un pasadizo secreto detrás de un tapiz. La piedra se cerró tras de mí, amortiguando los gritos del salón. Una luz mágica azulada se encendió, revelando a mis captores.
Eran tres hombres vestidos de negro, con máscaras de plata. Y liderándolos, con una sonrisa de suficiencia y una varita de tejo en la mano, estaba el Duque Valeriano.
—Os lo dije, querida —ronroneó Valeriano, acercándose a mí. Yo estaba inmovilizada contra la pared por sus hechizos—. La magia antigua tiene un precio. Y tú eres demasiado peligrosa para dejarte vivir. El Rey necesita una Reina dócil, de sangre pura, no una salvaje de las montañas que le hace cuestionar la tradición.
—Te va a matar —logré decir cuando aflojó la mordaza mágica—. Cuando me encuentre, te va a desmembrar.
—No me encontrará —dijo él suavemente—. Porque vamos a llevarte a un lugar donde ni el olfato del Rey Lobo ni tu vínculo mágico pueden llegar. A las Tierras Muertas del Norte. Allí, querida Nina, serás un excelente cebo para atraer al Rey a una trampa de la que no saldrá vivo.
Me golpeó en la cabeza con el mango de una daga. El mundo se volvió negro, y lo último que pensé fue en que nunca llegué a probar las croquetas del castillo.
Desperté con frío. Mucho frío. Un frío que me recordaba a la noche de la ventisca, pero sin la esperanza de mi chimenea.
Estaba tumbada sobre roca desnuda. Mis manos estaban encadenadas con grilletes de hierro negro que quemaban mi piel. Hierro meteórico, la única cosa que puede anular la magia de un hombre lobo… o de una Omega Primordial.
Me incorporé, mareada. Estaba en una torre en ruinas, abierta al cielo. La nieve caía suavemente sobre mí. Miré hacia abajo y el vértigo casi me hace vomitar. Estaba en lo alto de un pico aguja, rodeada de abismos por todas partes. No había bajada. No había escaleras. Solo viento y muerte.
—Bienvenida a la Atalaya del Olvido —dijo la voz de Valeriano. Apareció de la nada, flotando con levitación mágica—. Aquí es donde traíamos a los traidores en la antigüedad para que se congelaran o murieran de hambre. Nadie puede oírte gritar aquí arriba, Nina. La altura dispersa el sonido. Y el hierro corta tu vínculo.
—Eres un monstruo —escupí.
—Soy un patriota —respondió él—. Hago lo necesario para preservar la pureza de Tornecron. El Rey vendrá a buscarte. Lo sé. Su obsesión contigo es su debilidad. Y cuando venga, volando en sus helicópteros o trepando con sus garras, mis arqueros y mis magos le estarán esperando en los desfiladeros. Verás morir a tu amor, Nina. Y luego, morirás tú.
Se dio la vuelta y flotó lejos, desapareciendo en la bruma.
Me quedé sola. Tiritando. Con el vestido de terciopelo azul roto y sucio.
Cerré los ojos. Intenté buscar el vínculo. Nada. Solo estática y silencio. El hierro en mis muñecas absorbía mi energía.
—Piensa, Nina, piensa —me dije a mí misma, frotándome los brazos—. Eres española, eres cabezota y has sobrevivido a cosas peores. Bueno, no, no has sobrevivido a cosas peores, pero has sobrevivido a la selectividad y a una hipoteca, que casi es lo mismo.
Miré los grilletes. Eran viejos. Oxidados en algunos puntos. Pero sólidos.
Miré al cielo. La luna llena aún brillaba, pálida en el amanecer.
—Tres estrellas en la luna —murmuré, recordando la profecía—. Romperá el hielo con fuego de su alma.
Si no podía usar mi magia para contactar a Dominic… quizás podía usarla para otra cosa. No necesitaba enviar un mensaje. Necesitaba hacer una señal.
Me concentré. No en el vínculo, sino en mi interior. En ese calor que había usado para curar a los lobos. El hierro dolía, quemaba como ácido, tratando de suprimirlo. Apreté los dientes hasta que me sangraron las encías.
—Vamos… —gruñí—. ¡Arde!
Visualicé el fuego. No una llamita de vela. Un incendio forestal. Una supernova.
Empujé todo ese calor hacia mis manos, hacia el hierro. Mis muñecas empezaron a humear. El olor a carne quemada llenó el aire, pero no paré. Grité de dolor, un grito que se perdió en el viento, pero seguí empujando.
El hierro se puso rojo. Luego blanco.
Y de repente, con un estallido metálico, los grilletes se fundieron y cayeron al suelo en gotas de metal líquido.
Estaba libre. Bueno, libre en una torre a dos mil metros de altura, pero libre de cadenas.
Me puse de pie, tambaleándome. Mis muñecas estaban en carne viva, pero ya sentía la magia sanadora empezando a cerrar las heridas. Y lo más importante: sentía el vínculo.
Era débil, lejano, pero estaba ahí.
Dominic, proyecté con toda la fuerza de mi alma. Estoy en la Atalaya del Olvido. Es una trampa. Tienen arqueros en los desfiladeros. ¡No vengas por tierra!
Hubo un silencio aterrador de unos segundos. Y luego, una respuesta que rugió en mi mente con la fuerza de un huracán.
¡NINA! ¡VOY A POR TI! ¡RESISTE!
Miré hacia el horizonte. A lo lejos, vi una mancha negra en el cielo. No eran helicópteros. Eran pájaros. No… eran demasiado grandes.
Eran águilas gigantes. Y montados en ellas, vi figuras.
Pero Valeriano no había mentido. De las grietas de la montaña de enfrente, vi destellos de luz mágica. Sus hechiceros estaban preparando una barrera antiaérea. Si Dominic se acercaba, lo derribarían.
Tenía que hacer algo. Tenía que distraerlos.
Miré a mi alrededor. Solo había nieve y piedras sueltas.
—Vale —dije, cogiendo una piedra del tamaño de un melón—. Si quieren guerra, tendrán guerra. Soy de la tierra de Agustina de Aragón. Que vengan.
LA BATALLA DE LOS PICOS Y EL REGRESO AL HOGAR
El viento en la Atalaya del Olvido no solo movía el aire; movía el miedo. Veía los destellos violetas de los hechiceros de Valeriano ocultos en las crestas circundantes, preparando sus hechizos para derribar a la fuerza de rescate. Dominic venía. Lo sentía en el vínculo como un cometa de furia pura acercándose a velocidad de colisión. Pero si entraba en el rango de tiro, moriría.
—No voy a permitirlo —mascullé.
Me acerqué al borde del precipicio. Abajo, en una cornisa inferior a unos cincuenta metros, vi a un grupo de arqueros posicionándose. Eran la primera línea de defensa de Valeriano.
Cerré los ojos y busqué en mi interior. Sybil me había dicho que mi magia era “primordial”. Que no se regía por las reglas de los hechiceros modernos. Ellos usaban varitas y fórmulas. Yo era una batería humana conectada a la tierra.
—Nieve —susurré—. Eres mi amiga, ¿verdad? Me has jodido la vida dos años, así que me debes una.
Extendí las manos hacia la cornisa de nieve inestable que colgaba sobre los arqueros. Me concentré en las vibraciones, en el peso del hielo. No necesitaba lanzar rayos. Solo necesitaba un empujoncito.
¡Cae!
Envié un pulso de energía cinética. La nieve crujió. Fue un sonido seco, como un disparo. Y luego, con un rugido sordo, toneladas de nieve y hielo se desprendieron de la ladera.
La avalancha fue pequeña para los estándares de la montaña, pero devastadora para los hombres que estaban debajo. Los arqueros ni siquiera tuvieron tiempo de gritar. La ola blanca se los tragó y los barrió hacia el abismo.
—¡Uno menos! —grité al viento, con una sonrisa salvaje. La adrenalina estaba borrando el miedo.
Pero mi acción había revelado mi posición. Desde la montaña de enfrente, un hechicero me vio. Un rayo de luz verde cruzó el vacío y explotó contra la torre, a un metro de mí, lanzando esquirlas de piedra que me cortaron la mejilla.
Me tiré al suelo, cubriéndome la cabeza.
—¡Está despierta! —oí gritar a alguien, su voz traída por el viento—. ¡Matadla antes de que llegue el Rey!
Más rayos impactaron contra la torre. La estructura antigua gimió. No aguantaría mucho.
Miré al cielo. Las águilas gigantes estaban más cerca. Podía ver a Dominic en la primera. No llevaba montura; se agarraba a las plumas del ave con sus propias manos, su capa ondeando como una bandera de guerra.
¡Dominic! ¡Cuidado a la derecha! le grité mentalmente.
Él me escuchó. El águila líder hizo un picado vertiginoso justo cuando una bola de fuego pasaba por donde habían estado un segundo antes.
Y entonces, el infierno se desató.
Las águilas no venían solas. De los flancos de la montaña, surgieron sombras grises corriendo por pendientes casi verticales. Lobos. Cientos de ellos. La Guardia Real, liderada por un lobo rojizo gigante (Marcos), estaba escalando lo inescalable para flanquear a los hombres de Valeriano.
La batalla fue un caos de magia, garras y acero. Vi a Dominic saltar del águila en pleno vuelo, cayendo sobre una plataforma donde tres hechiceros disparaban. Se transformó en el aire. El Rey Lobo Blanco aterrizó entre ellos como un meteorito de furia. Fue brutal. Fue rápido. En segundos, los hechiceros no eran más que muñecos rotos.
Pero la torre donde yo estaba se desmoronaba. Un hechizo perdido había destrozado la base. El suelo se inclinó bajo mis pies.
—¡Mierda, mierda, mierda!
Resbalé hacia el abismo. Mis uñas arañaron la piedra helada, buscando un agarre, pero no había nada. Caí.
El vacío me envolvió. El viento me arrancó el aliento. Vi las rocas acercándose a una velocidad vertiginosa.
Te tengo.
No fue una voz. Fue un impacto. Algo grande, caliente y peludo me golpeó en el aire, interceptando mi caída. Unas mandíbulas enormes, pero gentiles, se cerraron alrededor de la tela de mi vestido (y un poco de mi piel, pero no me importó).
Dominic, en su forma de lobo gigante, me había atrapado. Sus garras se clavaron en la pared de roca vertical, frenando nuestro descenso en una lluvia de chispas y piedra. El impacto me sacudió los dientes, pero estaba viva.
Él nos izó hasta una repisa segura. Me soltó y, en un remolino de nieve y magia, volvió a su forma humana. Estaba desnudo de cintura para arriba, cubierto de sangre (no suya) y jadeando.
—Me has dado un infarto, Nina —dijo, agarrándome la cara con sus manos ensangrentadas y besándome con una desesperación salvaje. Fue un beso que sabía a miedo, a alivio y a victoria—. Si vuelves a hacer eso, te ato a la cama.
—Tú me has dejado caer una torre encima —repliqué, llorando y riendo a la vez, abrazándome a su cuello—. Estamos en paz.
La batalla terminó rápido. Sin la sorpresa y con su líder acorralado, los mercenarios de Valeriano se rindieron o huyeron. Encontramos al Duque intentando escapar por un paso de montaña. Marcos lo atrapó. No voy a describir lo que pasó, pero digamos que Valeriano no volvería a conspirar contra nadie.
El regreso a Tornecron fue triunfal, pero yo solo quería una cosa: irme.
No porque no quisiera a Dominic. Dios sabe que lo amaba. Me había dado cuenta mientras caía al vacío. Pero el castillo, la política, los intentos de asesinato… era demasiado. Necesitaba tierra bajo mis pies. Necesitaba mi silencio para procesar todo esto.
Una semana después, cumpliendo su promesa, un helicóptero aterrizó en el prado frente a mi cabaña.
La nieve se había derretido un poco, revelando el verde de la primavera incipiente. Mi cabaña seguía allí, pequeña, robusta, perfecta.
Bajé del helicóptero. Dominic bajó conmigo. Llevaba ropa civil: vaqueros, botas y un jersey de lana que le hacía parecer peligrosamente humano y accesible.
—Tus gallinas están bien —dijo, señalando el corral donde las aves picoteaban felices—. Y te han rellenado la leñera.
Me giré hacia él. El motor del helicóptero se apagó, dejando que el silencio de la montaña nos envolviera. Ese silencio que tanto había anhelado y que ahora me parecía un poco… vacío sin el zumbido constante del castillo.
—Gracias —dije.
Nos quedamos parados, mirándonos. El vínculo entre nosotros era un lazo tenso, vibrante. Él no quería irse. Yo no quería que se fuera. Pero ambos somos orgullosos y cabezotas.
—Bueno —dijo él, metiendo las manos en los bolsillos—. Supongo que esto es todo. Estás en casa. Segura. Valeriano y sus aliados han sido purgados. Nadie te molestará. Eres libre, Nina.
—Libre —repetí. La palabra sonaba hueca.
Dominic dio un paso atrás, hacia el helicóptero. Su dolor me golpeó a través del vínculo, una ola de tristeza gris.
—Vendré a visitarte —prometió, con voz ronca—. Si me dejas.
—Dominic —lo llamé.
Él se detuvo.
—¿Te gusta el cocido? —pregunté.
Él parpadeó, confundido.
—¿Qué?
—El cocido montañés. Garbanzos, chorizo, berza. Es pesado, da sueño y engorda. Pero es lo mejor que hay para el frío.
—Me… me gusta todo lo que tú cocines, Nina.
Sonreí. Una sonrisa pequeña, pero real.
—Tengo los ingredientes dentro. Y va a hacer frío esta noche. El helicóptero no debería volar con niebla, ¿verdad?
Los ojos de Dominic se iluminaron. Entendió. No le estaba pidiendo que se quedara para siempre (todavía). Le estaba pidiendo que se quedara a cenar. Le estaba pidiendo tiempo.
—Es muy peligroso volar con niebla —coincidió él rápidamente, aunque el cielo estaba despejado—. Extremadamente peligroso. Debería quedarme. Por seguridad.
—Por seguridad —asentí.
Caminamos hacia la cabaña. Él me rodeó los hombros con el brazo y yo me apoyé en su costado. Al entrar, el olor a hogar, a madera vieja y a hierbas secas nos recibió.
Mientras yo empezaba a cortar el chorizo y él intentaba torpemente encender la chimenea (para ser un Rey de Fuego y Hielo, era un desastre con un mechero normal), me di cuenta de algo.
Mi exilio había terminado. No porque hubiera vuelto a la sociedad, sino porque ya no estaba sola. Había encontrado mi manada. Una manada de dos: una enfermera con mal genio y un Rey Lobo que no sabía encender una estufa.
Miré por la ventana. La nieve empezaba a caer de nuevo, suave y silenciosa. Pero esta vez, no tenía miedo al invierno.
—Oye, Dominic —dije.
—¿Mmm?
—Si vas a quedarte a dormir, te advierto una cosa: tú duermes en el lado de la ventana. Si entran lobos, te los comes tú. Yo ya he cumplido mi cupo.
Él rió, y el sonido llenó la pequeña cabaña, ahuyentando a los fantasmas del pasado.
—Trato hecho, mi Reina. Trato hecho.
LA REINA DE LAS MONTAÑAS: DONDE EL TRONO SE ENCUENTRA CON LA PIEDRA
La noche cayó sobre el Valle de Ordesa, pero esta vez la oscuridad no trajo miedo. Dentro de la cabaña, el fuego crepitaba con una alegría doméstica que contrastaba con la violencia de la batalla que habíamos dejado atrás hacía apenas unas horas.
Dominic estaba sentado a la mesa de madera tosca, observando el plato de barro humeante frente a él como si fuera un artefacto alienígena o una joya de la corona.
—¿Entonces… esto es el “cocido”? —preguntó, pinchando con cautela un trozo de chorizo con el tenedor.
—Pruébalo y calla —dije, cortando una rebanada de pan de hogaza—. Y ten cuidado, quema. No uses tu invulnerabilidad de lobo para quemarte la lengua, que luego no me sirves para hablar.
Él se llevó la cuchara a la boca. Mastico despacio. Sus ojos de plata se abrieron ligeramente.
—Por todos los dioses antiguos… —murmuró, tomando otra cucharada, esta vez con más ansia—. Esto es mejor que cualquier banquete que mis chefs franceses hayan preparado en los últimos diez años. Es… denso. Se siente como si me estuviera comiendo el corazón de la montaña.
—Es grasa y pimentón, Dominic. No te pongas poético —reí, sirviéndome mi propia copa de vino—. Pero me alegro de que te guste. Porque si te vas a quedar, tendrás que acostumbrarte a comer cosas que no tienen nombres impronunciables.
Dominic dejó la cuchara y me miró a través de la mesa. La luz de las velas suavizaba las líneas duras de su rostro, haciéndolo parecer menos Rey y más hombre.
—Si me voy a quedar… —repitió mis palabras, saboreándolas más que el guiso—. Nina, ¿hablabas en serio? ¿Sobre lo de no volver al castillo?
Dejé mi copa sobre la mesa. El ambiente cambió, volviéndose más serio, más íntimo.
—Hablaba en serio sobre no vivir en una jaula —dije, inclinándome hacia adelante—. Dominic, mírame. Soy una mujer que ha pasado dos años reconstruyendo estas paredes con sus propias manos. Conozco cada grieta, cada corriente de aire. Mis vecinos son gente ruda que no se inclina ante nadie. Si me llevas a Tornecron, si me encierras en sedas y protocolos, me marchitaré. Seré una Reina triste. Y tú no quieres una compañera triste.
Él extendió la mano sobre la madera gastada y cubrió la mía. Su calor era constante, un ancla.
—No. Quiero a la mujer que me gritó en su cocina y que derribó una avalancha sobre mis enemigos. Pero tengo un reino, Nina. Tengo deberes. No puedo gobernar desde una borda de pastores.
—¿Por qué no? —desafié—. Tienes helicópteros. Tienes magia. Tienes a Marcos. Hoy en día se puede trabajar a distancia, ¿no? —Sonreí—. Hacemos un trato. Pasamos la mitad del tiempo aquí. El verano y la primavera en las montañas, donde tú puedes correr libre y yo puedo respirar. El invierno… bueno, el invierno en el castillo, si prometes que no tendré que asistir a más de un baile al mes. Y nada de Duques conspiradores.
Dominic pareció considerarlo. Sus dedos trazaron círculos en mi palma.
—Sería un escándalo. Un Rey a tiempo parcial.
—Sería una revolución —corregí—. Un Rey que vive entre la tierra y el cielo. Un Rey que no se esconde detrás de murallas.
Él se levantó, rodeó la mesa y me levantó en sus brazos como si no pesara nada. Me sentó sobre el borde de la mesa, apartando el plato de cocido. Se colocó entre mis piernas, su frente apoyada en la mía.
—Eres peligrosa, Nina Carballo. Vas a poner mi mundo patas arriba.
—Ya lo he hecho —susurré, rozando sus labios con los míos—. Ahora bésame, que se enfría la cena.
Esa noche, la cama de la cabaña, con sus sábanas de franela y sus mantas pesadas, fue testigo de una coronación diferente. No hubo obispos ni coronas de oro. Solo piel, sudor y el juramento silencioso de dos almas que se habían encontrado en medio de la tormenta. Y cuando los lobos aullaron fuera, vigilando nuestro sueño, supe que por primera vez en mi vida, no estaba sola.
EPÍLOGO: EL INVIERNO MÁS CÁLIDO
(Diez meses después)
La nieve había vuelto a cubrir el Valle de Benasque, pero la borda ya no era la misma.
Donde antes solo había un camino de cabras, ahora había una pista forestal perfectamente mantenida (cortesía de la ingeniería real, aunque disimulada para parecer rústica). Y la cabaña había crecido. No mucho, Nina no lo había permitido. “No quiero un palacio”, había dicho. “Quiero espacio para los invitados”. Así que se había añadido un ala lateral de piedra y madera, que se integraba perfectamente con el paisaje, pero que por dentro tenía calefacción geotérmica y seguridad de alta tecnología.
Yo estaba en el porche, con una taza de chocolate caliente en las manos, mirando cómo el Rey de Tornecron intentaba ponerle un jersey de lana a un bebé que se retorcía como una anguila.
—Es imposible —gruñó Dominic, sosteniendo el pequeño jersey azul con desesperación—. He luchado contra dragones, Nina. He desmantelado golpes de estado. He negociado tratados de paz con vampiros. Pero tu hijo tiene la fuerza de un titán y la terquedad de su madre.
Reí, apoyándome en el marco de la puerta. A pesar del frío, no llevaba abrigo. La magia del vínculo y mi propia naturaleza “despierta” me mantenían caliente.
—Nuestro hijo —corregí, dejando la taza en la barandilla y acercándome—. Y no le gusta la lana. Pica. Te lo he dicho mil veces.
Me acerqué a la cuna de madera tallada (obra de Marcos, que había descubierto una pasión oculta por la carpintería en sus meses de guardia aquí). Dentro, el pequeño Leo pataleaba feliz. Tenía el pelo oscuro de su padre y, aunque apenas tenía dos meses, sus ojos ya mostraban destellos de un gris plateado que prometía problemas.
—Tiene que ir abrigado —insistió Dominic—. La delegación llega en una hora. Tienen que ver al Heredero fuerte y sano.
—La delegación va a ver a un bebé feliz, no a un burrito envuelto en lana —dije, cogiendo a Leo en brazos. El niño se calmó al instante, reconociendo mi olor y mi calor—. Además, vienen a vernos a nosotros. Bueno, a ti. Y a quejarse de mis reformas.
Dominic suspiró y me rodeó la cintura con sus brazos, besando mi cuello justo encima de la marca de las tres estrellas.
—Tus reformas están salvando el reino, aunque les duela admitirlo a los viejos del Consejo.
Era cierto. En los últimos meses, habíamos cambiado Tornecron desde las montañas. Habíamos abierto las fronteras. Habíamos creado refugios para los Omegas exiliados, utilizando mi cabaña como modelo. Y lo más importante: habíamos demostrado que la maldición no volvería.
El sonido de motores rompió la paz de la mañana. No eran helicópteros esta vez, sino una caravana de todoterrenos negros subiendo por la pista.
—Aquí vienen —dijo Dominic, su postura cambiando sutilmente. Enderezó la espalda, y la máscara de Rey volvió a caer sobre su rostro, aunque sus ojos seguían siendo cálidos cuando me miraban—. ¿Lista para la política, mi Reina?
—Nunca —respondí, pasando a Leo a un brazo y arreglándome el pelo con la otra mano—. Pero que vengan. He hecho migas. Con mucho ajo. Si se ponen pesados, les echo el aliento.
Dominic soltó una carcajada corta.
La delegación estaba encabezada por una nueva consejera, una mujer loba llamada Elena, joven y progresista, que había ocupado el vacío dejado por los traidores. Pero con ella venían algunos de los ancianos tradicionales, que miraban la cabaña y las gallinas picoteando en la nieve con evidente desdén.
Salimos a recibirlos al porche. Dominic a mi lado, y yo con el heredero en brazos. No llevaba corona, ni sedas. Llevaba vaqueros, botas y un jersey cómodo.
Los ancianos se inclinaron, aunque sus ojos juzgaban.
—Majestades —dijo Elena, sonriendo—. El viaje ha sido largo, pero las noticias vuelan. El pueblo bajo celebra el nacimiento del Príncipe Leo. Han encendido hogueras en todas las plazas.
—Gracias, Elena —dijo Dominic—. Pasad. Hace frío y mi esposa ha preparado el almuerzo. Y sabéis que no se le dice que no a la comida de la Reina.
Entraron. La cabaña, que antes era mi refugio solitario, se llenó de voces, de planes, de futuro.
Durante la comida, hubo tensiones, claro. Un anciano sugirió que Leo debería ser criado en el castillo para recibir la “instrucción adecuada”.
—El niño se criará donde están sus padres —corté yo, sirviendo más vino con una sonrisa afilada—. Y aprenderá a leer en la biblioteca del castillo, sí. Pero también aprenderá a distinguir las huellas en la nieve, a respetar la tormenta y a saber que el poder no reside en un trono de piedra, sino en la fuerza para proteger a los que no pueden protegerse.
Dominic me miró desde la cabecera de la mesa. A través del vínculo, sentí una oleada de orgullo tan intensa que casi me mareó.
Esa es mi chica, resonó su voz en mi mente.
Esa es tu Reina, corregí yo mentalmente.
Al atardecer, cuando la delegación se marchó dejando tras de sí promesas de lealtad y varias botellas de vino vacías, el silencio volvió a caer sobre la montaña.
Marcos, que ahora vivía en una casa de invitados a unos cien metros (insistía en que la seguridad del Príncipe requería presencia 24/7, aunque yo sospechaba que simplemente le gustaba la vida tranquila de los Pirineos y el queso local), pasó a despedirse.
—Todo despejado, Jefe. Frontera segura. Nieve prevista para esta noche.
—Gracias, viejo amigo —dijo Dominic, dándole una palmada en la espalda—. Descansa. Mañana te toca enseñarme a usar esa… cosa mecánica para quitar la nieve.
—El quitanieves, Majestad. Y sí, será un espectáculo veros pelear con un motor Honda. Buenas noches, Nina. Buenas noches, pequeño Leo.
Cuando nos quedamos solos, Dominic cerró la puerta y echó el cerrojo. El fuego de la chimenea iluminaba la estancia con un brillo dorado. Me senté en el sofá con Leo, que ya dormía plácidamente.
Dominic se sentó en el suelo, a mis pies, apoyando la espalda contra mis piernas. Yo acaricié su cabello oscuro, jugando con los mechones.
—¿Eres feliz? —preguntó de repente, sin mirarme, mirando al fuego.
Me detuve un momento a pensar. Pensé en mi vida anterior, llena de silencios y miedos. Pensé en la noche de la tormenta, en el terror, en el dolor del ritual. Y luego miré a este hombre, el Rey de los depredadores, sentado a mis pies como un guardián devoto, y al bebé que respiraba suavemente en mis brazos.
—No soy feliz, Dominic —dije suavemente.
Él se tensó, girando la cabeza rápidamente para mirarme con pánico.
—Soy completa —aclaré, sonriendo—. La felicidad son momentos. Esto… esto es paz. Esto es hogar. Y sí, soy inmensamente feliz, tonto. Aunque sigas sin saber hacer un té en condiciones.
Él suspiró, aliviado, y apoyó la mejilla en mi rodilla.
—Te amo, Nina. Más que a mi vida. Más que a mi corona.
—Y yo a ti, mi lobo. Ahora cállate y echa otro tronco al fuego. El invierno es largo, y tenemos muchas historias que contarnos.
Fuera, la nieve comenzó a caer de nuevo, cubriendo el mundo de blanco. Pero dentro de la cabaña, en el corazón de los Pirineos, el frío ya no existía. Solo había calor, familia y el latido constante de un amor que había desafiado a la muerte y había ganado.
FIN DE LA HISTORIA