ME ENAMORÉ DE MI PEOR ENEMIGO SIN SABER QUE ÉL ERA EL MONSTRUO DE MIS PESADILLAS

CAPÍTULO 1: ECOS EN EL PASILLO

Dicen que cuando pierdes un sentido, los demás se agudizan. Ojalá fuera cierto. Ojalá hubiera podido oír venir la maldad antes de sentirla contra mis costillas. Pero la verdad es que la ceguera no te da superpoderes; te da miedo. Un miedo constante, frío y pegajoso que se adhiere a tu piel cada vez que sales de la seguridad de tu habitación.

Me llamo Jimena. Hace seis meses, mi mayor preocupación era qué vestido ponerme para la fiesta de fin de curso o si aprobaría el examen de matemáticas. Ahora, mi mundo se reduce a contar pasos: quince escalones hasta la entrada, cuarenta pasos hasta el aula de historia, tres pasos a la izquierda para evitar la papelera.

Aquel martes, el pasillo del instituto olía a desinfectante barato y a la colonia dulzona que usan todas las chicas de primero. El murmullo de las conversaciones se detuvo de golpe cuando mi bastón golpeó algo sólido. No era una pared. Era una zapatilla de marca.

—¿En serio es tan difícil encontrar una chica guapa en este colegio? —escuché esa voz. Esa maldita voz arrastrada y prepotente—. Perdón, ¿ya viste lo que me hiciste hacer?

Era Rubén. El rey del instituto. El chico por el que suspiraban todas, y el mismo que había decidido que mi tragedia era su entretenimiento personal.

—Ensuciaste mis zapatos nuevos, ciega —escupió las palabras.

Sentí un empujón fuerte en el hombro. Perdí el equilibrio. Mis manos buscaron el aire, pero solo encontraron el suelo frío y sucio. Mi bastón rodó lejos de mí con un sonido metálico que resonó como un disparo en mi cabeza.

—¿Qué? No me los vas a limpiar. ¡Ándale! —ordenó, chasqueando los dedos cerca de mi oído. El sonido era humillante—. Si quieres, tonta.

Escuché risas. No risas alegres, sino esas risas nerviosas y cómplices de quienes prefieren estar del lado del verdugo para no convertirse en víctimas.

—¡Oye, déjala, Rubén! ¡Basta! —Era la voz de una chica, tal vez una de las pocas con conciencia, pero Rubén la cortó de inmediato.

—No me digas que ahora vas a defender a la tonta. Dije que basta.

Me quedé allí, en el suelo, con las rodillas ardiendo por el impacto. Mis gafas oscuras se habían torcido. Me sentí pequeña, insignificante. Era como si la oscuridad de mis ojos se hubiera tragado también mi dignidad.

Entonces, sentí una mano áspera agarrándome del brazo, levantándome con brusquedad.

—Bueno, como te salvé de quedarte ahí tirada todo el día, creo que merezco una recompensa, muñeca. ¿No crees? —Su aliento olía a chicle de menta y tabaco—. Quiero un beso.

—¿Qué? —mi voz salió temblorosa, apenas un susurro.

—Tu salvador merece una recompensa, preciosa. Aunque con esos lentes pareces una mosca gigante.

—¿Esa es tu manera de ligar? —pregunté, intentando recuperar un ápice de valentía, aunque mis piernas temblaban—. Porque no está funcionando.

Rubén soltó una carcajada, y sus amigos, fieles como perros falderos, le hicieron coro.

—No te rías, imbécil. Estoy ligando —dijo él con sarcasmo—. Lástima que no pueda ver lo guapo que soy.

—En tu caso, agradecería que alguien se fijase en mí por algo más que por lástima o burla —repliqué, tanteando el aire buscando mi mochila—. Estoy hablando en serio. Déjame en paz. Me lastimaste, estúpido.

—¡Uy, se pegó la ciega! ¡Cállate! ¿Quieres jugar rudo? Vamos a jugar rudo.

De repente, sentí que me arrancaban la mochila de las manos.

—¡Devuélveme mi mochila! —grité, girando la cabeza de un lado a otro, perdida en mi propia negrura.

—¿Qué mochila? ¿Esta? —Su voz venía de la derecha. Me giré—. Ay, perdón, es que no puedes ver. ¡Pásala, pásala!

Escuché el sonido de la tela siendo lanzada por el aire. Se la estaban pasando entre ellos como si fuera una pelota, y yo estaba en medio, girando como una peonza rota, extendiendo los brazos hacia la nada.

—¡Regrésenla! ¡Rubén, dámela!

—¿La quieres? ¿La quieres? Pues ven por ella.

Las lágrimas de impotencia empezaron a picarme en los ojos detrás de las gafas oscuras. Estaba a punto de romperme, de gritar, de rendirme, cuando una voz autoritaria cortó el juego cruel.

—¡Ya, por favor! ¿Qué es lo que está pasando aquí?

Era el director Martínez. El silencio que se hizo en el pasillo fue sepulcral.

—No deberían estar en clases. Acompáñenme a la oficina. ¡Ahora!

—Yo… Profe, yo no fui —empezó a balbucear uno de los amigos de Rubén.

—¡Rubén, vamos! Y usted también, señorita Jimena.

—Yo puedo sola —dije, rechazando la ayuda de alguien que intentó tomar mi codo. Recogí mi bastón, enderecé mi espalda y caminé guiándome por el sonido de los pasos del director, tragándome el llanto. No les daría el gusto de verme llorar.

CAPÍTULO 2: LA SENTENCIA

La oficina del director olía a café rancio y a papel viejo. Me senté en la silla de cuero, sintiendo cómo el material crujía bajo mi peso. A mi izquierda, podía escuchar la respiración agitada de Rubén. Estaba nervioso. Bien.

—Es la última vez que le permito que se comporte así con su compañera —dijo el director, golpeando la mesa—. Y no solamente con ella, sino con todos los demás.

—Lo que pasa es que aquí todos son unos llorones que no aguantan nada —replicó Rubén, con esa arrogancia que parecía no tener fin—. Además, así nos llevamos. No se ataquen.

—A ver, joven Rubén. Si usted no mejora sus calificaciones, tendré que expulsarlo. ¿Me escuchó?

Hubo una pausa. Pude imaginar la cara de Rubén palideciendo.

—¿Qué? ¿Expulsarme? No puede hacer eso. Estoy a nada de graduarme. Además, soy el guapo y popular de la escuela. No me puedes expulsar. Mi papá…

—Eso no importa. Así sea hijo del Rey de España. Su papá ya viene en camino.

—¿Qué?

La puerta se abrió de golpe unos minutos después. Los pasos que entraron eran pesados, seguros. Pasos de hombre enfadado.

—¡Rubén!

—Papá… ¿qué haces aquí?

—Creí que ya habías cambiado —la voz del padre de Rubén era profunda, cargada de una decepción que casi se podía tocar—. No sabes el sacrificio que hago para que estudies en una de las mejores escuelas de Madrid. ¡Y ve! ¡Ve cómo estás echando todo a la basura!

—Papá, a ver, déjame explicarte…

—¡Cállate que estoy hablando! —el grito hizo vibrar las ventanas—. Mira, si el castigo que te van a imponer es grave, yo no pienso meter las manos por ti. ¿Me escuchaste?

El director carraspeó, incómodo ante la escena familiar.

—Mire, señor. Ya no podemos pasarle ni una más a Rubén. Ya van tres materias que reprueba y tiene más de diez faltas. Aparte, se ha comportado de manera… poco ética con sus compañeros. Principalmente con Jimena.

Sentí la mirada del padre de Rubén sobre mí. Probablemente estaba viendo mis gafas oscuras, mi bastón. La prueba viviente de la crueldad de su hijo.

—Eres un sinvergüenza —susurró el padre—. Señor director, por favor. Lo que usted diga.

—Lo que yo sugiero —dijo el director con calma— es que Rubén tome tutorías. Hay una alumna que tiene las mejores calificaciones de la escuela, a pesar de sus… circunstancias. Quizá ella pueda ayudarlo.

Mi estómago se contrajo. No. Por favor, no.

—¿Tutorías? —Rubén sonaba horrorizado—. ¡No! Mejor que me expulsen.

—¡Rubén, cállate! —bramó su padre—. Ya estás en el último bimestre. Si fallas, no vuelves a ver un euro de mi bolsillo. Te mando a estudiar, no a perder el tiempo. ¿Acaso es así como valoras mi esfuerzo?

El padre de Rubén suspiró, un sonido de cansancio infinito.

—Voy a ir por los reportes para firmarlos. Y tú… —se dirigió a su hijo— más te vale que obedezcas.

Cuando salimos de la oficina, el destino ya estaba sellado. Yo, la chica a la que Rubén había humillado durante meses, me había convertido en su única esperanza para graduarse. Y él, mi verdugo, se había convertido en mi “proyecto”.

CAPÍTULO 3: EN LA BOCA DEL LOBO

La casa de Rubén olía a dinero. Incluso siendo ciega, podía percibirlo. El aire acondicionado estaba a la temperatura perfecta, el suelo era de mármol pulido (lo notaba por el sonido de mis zapatos y el eco) y había un leve aroma a flores frescas, probablemente lirios.

—Muy bien, Jimena, ya casi llegamos. Este es el cuarto de mi hijo —dijo el padre de Rubén, guiándome con una amabilidad que contrastaba con la furia que había mostrado antes—. Y perdona el olor a adolescente, eh.

—No se preocupe, señor —respondí educadamente.

—¡Dale, cabrón! ¡Muévete! —le gritó a Rubén—. Por cierto, Jimena, disculpa por el lenguaje.

—¡Papá, ya! —se quejó Rubén.

Entramos en la habitación. El ambiente cambió. Aquí olía a desodorante fuerte, a ropa sucia acumulada y a esa energía cargada de testosterona y frustración típica de un chico de diecisiete años.

—Papá, te he dicho mil veces que no entres en mi cuarto sin tocar. Mi cuarto es privado.

—Vives en esta casa y esta casa es mía, así que aquí hay reglas —sentenció el padre—. Y mira quién está aquí.

—¡Rayos! ¿Qué hace la ciega aquí?

—Jimena es una de las mejores estudiantes y a partir de ahora va a ser tu tutora.

—¿Qué? —Rubén parecía a punto de infartar—. Sí, así es. El director la mandó.

—¡No, no, no! Debe ser una broma. ¿Cómo me va a enseñar la ciega? ¡No puede ver ni el libro! ¡No ve las páginas! ¡No ve nada!

Sus palabras dolían, claro que dolían. Eran como pequeños alfileres clavándose en mis inseguridades. Apreté el mango de mi bastón hasta que mis nudillos se pusieron blancos.

—¿Saben qué? Creo que yo mejor me voy —dije, dándome la vuelta. No necesitaba este dinero, ni esta humillación.

—Sí, que se largue —apoyó Rubén.

—¡Oh, por favor, espera! —el padre de Rubén me detuvo suavemente—. Mira, sé que Rubén es un insolente y un malcriado, pero te necesita. Además, yo me la paso trabajando todo el día. Por favor, quédate. Te pagaré el doble.

Me detuve. Pensé en mis padres, en los gastos médicos de mis cirugías, en la esperanza de un tratamiento experimental para recuperar la vista. El dinero no nos sobraba.

—Está bien —suspiré, sintiendo que estaba firmando un pacto con el diablo—. Yo lo ayudo.

—Muchísimas gracias, Jimena. En verdad eres una niña muy buena. Y en cuanto a ti, Rubén… te prometo que te voy a mantener a raya. Si Jimena se queja una sola vez, te olvidas del coche, del móvil y del equipo de baloncesto. ¿Entendido?

El padre salió de la habitación para atender una llamada, dejándonos solos. El silencio que siguió fue denso, pesado. Podía escuchar el zumbido de la computadora de Rubén y su respiración errática.

—Escúchame bien, cieguita —susurró, acercándose a mí. Podía sentir su calor corporal, demasiado cerca—. Nadie se debe enterar que tú me das las tutorías. ¡Nadie! Si alguien se entera que la “tonta” me enseña, mi reputación se va al suelo.

—Rubén, me estás invadiendo el espacio personal —dije con firmeza, aunque por dentro temblaba—. Te voy a ayudar, pero solamente si me dejas en paz en la escuela. ¿Trato hecho?

Él resopló, un sonido de desprecio puro.

—Empezar. ¿Quieres? Ayúdame con esto.

—¡Ay, qué grosero eres! —busqué una silla y me senté—. ¿Dónde está el libro? Pásame mi libro de Braille y ábreme el tuyo en la página 45. Léeme el problema.

—No voy a leerte.

—Entonces no vas a aprobar. Tú decides.

Escuché el sonido de un libro abriéndose de mala gana.

—”Calcula la hipotenusa de…” —empezó a leer con voz monótona.

Así comenzaron nuestras tardes. Tardes llenas de insultos velados, de suspiros de impaciencia y de una tensión eléctrica. Pero poco a poco, algo empezó a cambiar. No fue de la noche a la mañana, fue sutil, como el cambio de estación.

CAPÍTULO 4: EL ACCIDENTE

Pasaron dos semanas. Rubén seguía siendo un idiota en la escuela, ignorándome o lanzando algún comentario mordaz cuando sus amigos estaban cerca, pero en la privacidad de su habitación, la hostilidad había bajado de nivel. Se había convertido en una especie de tregua silenciosa.

Un día, mientras intentábamos resolver una ecuación de segundo grado, él se quedó callado.

—¿Qué pasa? —pregunté—. ¿No te sale?

—No, no es eso… —dudó—. Oye, ¿y tú te quedaste ciega o así naciste?

La pregunta me tomó por sorpresa. Nadie, absolutamente nadie en el instituto, se había atrevido a preguntarme eso directamente. Solo murmuraban a mis espaldas.

—No —dije despacio, girando mi rostro hacia donde suponía que estaba él—. Yo hasta hace poco podía ver. De hecho, me iba a la escuela en bici todos los días.

—¿En bici? —Su voz sonó extraña. Tensada.

—Sí. Me encantaba sentir el viento en la cara… hasta que…

Me detuve. El recuerdo vino a mi mente como una avalancha. El sonido de un motor acelerando. El claxon. El impacto. El mundo girando y luego… oscuridad y dolor.

—Bueno, perdón, no me quería meter. Si no me quieres contar, está bien —dijo él rápidamente, como si quisiera huir de la conversación.

—No, no te preocupes —respiré hondo—. Fue un accidente, imbécil. Venía cruzando la calle principal, cerca del parque. Una camioneta negra salió de la nada. Iba a toda velocidad. Me atropelló.

Escuché un ruido seco. Como si algo se hubiera caído de las manos de Rubén.

—¿Una… una camioneta negra?

—Sí. Los restos de polvo y de vidrio del parabrisas entraron en mis ojos. El médico dijo que el nervio óptico se dañó por el traumatismo y los fragmentos.

Hubo un silencio largo. Demasiado largo. Solo escuchaba su respiración, que se había vuelto rápida, casi jadeante.

—¿Estás bien? —pregunté—. Te escuchas nervioso.

—Yo… sí, sí… —tartamudeó—. Solo… ¡Qué fuerte! O sea… ¿y viste quién fue?

—No. Todo pasó muy rápido. Pero te juro que si pudiera ver de nuevo, si pudiera reconocerlo… lo refundiría en la cárcel. Mató mi vida anterior. Me quitó mis sueños.

—Pero el doctor… —su voz era un hilo—. ¿El doctor dice que tal vez puedas recuperar la vista?

—Hay una posibilidad. Una operación nueva. Pero es cara y arriesgada.

De repente, sentí que Rubén se levantaba bruscamente. La silla chirrió contra el suelo.

—Tengo… tengo que ir al baño. Ahorita vengo.

Salió de la habitación casi corriendo. Me quedé allí, confundida. ¿Por qué le había afectado tanto? ¿Acaso Rubén, el bully sin corazón, tenía empatía?

Lo que yo no sabía en ese momento, lo que no podía ver, era que al otro lado de la puerta, Rubén se estaba deslizando por la pared hasta el suelo, agarrándose la cabeza con las manos, murmurando: “Lo maté… Soy yo… Fui yo”.

CAPÍTULO 5: LA TRANSFORMACIÓN

Después de ese día, Rubén cambió.

Ya no había insultos. Ya no había burlas. En la escuela, cuando sus amigos intentaban hacerme alguna broma pesada, él los cortaba.

—Déjenla en paz, ya aburren con lo mismo —decía, con un tono que no admitía réplica.

Sus amigos lo miraban extrañados. “¿Te gusta la ciega o qué?”, le preguntaban. Él no respondía, solo se aseguraba de que nadie me tocara.

Y en las tutorías… en las tutorías la atmósfera se transformó. Se volvió atento. Me acercaba el vaso de agua. Me preguntaba si tenía frío. Incluso, una tarde, cuando me tropecé con la alfombra de su cuarto, me sostuvo antes de que cayera.

Sus manos eran fuertes, pero me sujetaron con una delicadeza que no creía posible en él.

—Cuidado —susurró, su rostro estaba muy cerca del mío. Podía sentir su respiración en mi mejilla. Olía a menta y a miedo.

—Gracias —dije, sintiendo un rubor subir por mi cuello.

—Jimena… —empezó a decir, pero se detuvo.

—¿Qué?

—Nada. Sigamos estudiando.

Pasaron los meses. Rubén aprobó el examen de matemáticas con un notable alto. Su padre estaba eufórico. Y yo… yo estaba confundida. Porque el monstruo que me había atormentado se estaba convirtiendo en alguien en quien empezaba a confiar. Alguien que me hacía reír con sus chistes tontos. Alguien cuya presencia ya no me causaba miedo, sino una extraña calidez en el pecho.

¿Podía uno enamorarse de su verdugo? ¿O es que el verdugo había dejado de existir?

El día de la graduación se acercaba. Y con él, la fiesta de disfraces que Rubén organizaba en su casa.

—Tienes que venir —me insistió un día.

—Rubén, no… Yo no encajo ahí. No quiero que se burlen de mí.

—Nadie se va a burlar de ti. Te lo prometo. Porque voy a estar contigo para protegerte.

Esa frase. “Voy a estar contigo para protegerte”. Me desarmó. Acepté.

Mi madre me ayudó a elegir un disfraz. Fui de princesa. Un vestido largo, vaporoso. Me sentía bonita por primera vez en mucho tiempo.

Cuando llegué a la fiesta, el ruido de la música y las risas me abrumó por un momento. Me quedé parada en la entrada, aferrada a mi bastón, sintiéndome expuesta.

—¡Wow! —escuché su voz.

—Hola, Rubén.

—Te ves… te ves hermosa, Jimena. Pareces una princesa de verdad. Y mira qué coincidencia, yo vengo de príncipe. Hacemos el match perfecto.

Me tomó del brazo y me guio a través de la multitud. Me sentía flotar. Esa noche, Rubén no se separó de mí. Me trajo bebidas, me describió los disfraces de los demás, me hizo sentir parte del mundo de los videntes.

Estábamos en un rincón, riendo, cuando una voz arrastrada y ebria rompió nuestra burbuja.

—¡Miren nada más! La princesita y el príncipe encantador.

Era Gus, el mejor amigo de Rubén. O ex mejor amigo, ya que Rubén lo había estado evitando últimamente.

—Gus, vete. No estás invitado —dijo Rubén, su cuerpo tensándose a mi lado.

—Ay, ya sé que no. Pero me enteré que esta princesita iba a estar aquí. Y quería darle un regalo de cumpleaños atrasado.

—Lárgate, Gus.

—No me voy a largar. Solo vine a decirte, Rubén, que no tardes tanto tiempo en decirle la verdad a Jimena. No vaya a ser que se entere de tu “secretito” por otro lado.

El corazón me dio un vuelco. ¿Secretito?

—Basta, Gus. Cállate —advirtió Rubén con voz peligrosa.

—¿De qué está hablando? —pregunté, soltándome del brazo de Rubén—. Rubén, ¿de qué habla?

—Ay, entonces ya veo que no pensabas decirle —Gus soltó una risa maliciosa—. No te preocupes, hermano, yo le digo por ti.

—¡Gus, no!

—Jimena… ¿Quién crees que fue el culpable de que te quedaras ciega?

El mundo se detuvo. La música desapareció. Solo quedó el zumbido en mis oídos.

—¿Qué? —susurré.

—Claro que sí. Este imbécil —dijo Gus, acercándose tanto que podía oler el alcohol en su aliento— fue el que ese día chocó contra ti con la camioneta negra. Él iba conduciendo.

Sentí como si el suelo se abriera bajo mis pies. No podía ser. No Rubén. No el chico que me había estado cuidando, el chico que me había hecho reír, el chico del que… me estaba enamorando.

—Dime que no es cierto —mi voz se quebró—. Rubén, di que no es cierto.

Hubo un silencio. Un silencio culpable. Un silencio que confirmaba todo.

—Todo es verdad, Jime. Lo siento.

El dolor que sentí en ese momento fue peor que el accidente. Peor que la oscuridad. Fue la traición absoluta.

—¡No te me acerques! —grité, retrocediendo y golpeando a alguien con mi bastón—. ¡Sácame de aquí! ¡Por favor, alguien sáqueme de aquí!

Salí corriendo, tropezando, llorando, mientras la oscuridad de mis ojos se llenaba con la imagen mental del rostro de Rubén, no como el príncipe que imaginaba, sino como el monstruo que me había arrebatado la luz.

CAPÍTULO 6: EL SILENCIO Y EL BISTURÍ

La oscuridad de mi habitación siempre había sido mi refugio, un lugar seguro donde las sombras no tenían dientes. Pero después de esa noche, después de la confesión de Gus en la fiesta, mi propia oscuridad se volvió una prisión asfixiante. Me encerré durante días. No comía, no hablaba, apenas me movía de la cama. Mi madre entraba de puntillas, dejaba una bandeja con comida que se enfriaba intacta y salía suspirando, con ese sonido de corazón roto que solo las madres saben hacer.

Mi teléfono no dejaba de vibrar. Era él. Rubén. Cientos de mensajes, decenas de llamadas. El zumbido constante sobre mi mesita de noche era como un taladro en mi cerebro. Bzzzt. Bzzzt. Cada vibración era un recordatorio de su traición. “Jimena, por favor, déjame explicarte”. “No es lo que piensas”. “Te juro que me odio más de lo que tú me odias”.

No quería escuchar. No quería sus explicaciones. ¿Qué explicación podía haber para atropellar a una chica, dejarla ciega, huir como un cobarde y luego fingir ser su amigo, su salvador, su… enamorado? Era una tortura psicológica digna de una película de terror. Me sentía estúpida, utilizada. Había abierto mi corazón al mismo monstruo que me había destrozado la vida.

—Hija, tienes que levantarte —mi madre entró al cuarto al cuarto día. Su voz sonaba firme, pero temblorosa—. Tienes una cita médica importante. El doctor Arriaga llamó. Han adelantado la fecha para la cirugía experimental.

La cirugía. Esa pequeña, costosa y terrorífica luz al final del túnel. Habíamos ahorrado cada céntimo, habíamos pedido préstamos, habíamos luchado contra la burocracia del seguro. Y ahora, de repente, no me importaba. ¿Para qué quería ver? ¿Para ver la cara de lástima de la gente? ¿Para ver el rostro del chico que me mintió?

—No quiero ir, mamá. No tiene caso.

—¡Claro que tiene caso! —gritó ella, y luego se derrumbó en el borde de mi cama, tomando mi mano—. Jimena, no puedes dejar que esto te hunda. Si ese chico te hizo daño, la mejor venganza es que te levantes, que recuperes tu vida y que lo mires a los ojos para decirle que no te destruyó. ¿Entiendes? Tienes que ver para poder enfrentar la verdad.

Sus palabras calaron hondo. Ver para enfrentar la verdad. Tenía razón. Mientras siguiera en la oscuridad, Rubén seguiría siendo una voz, un aroma, una sensación táctil ambigua. Necesitaba ver su rostro. Necesitaba ver la culpa en sus ojos. Necesitaba recuperar el control.

—Está bien —susurré—. Vamos.

El proceso preoperatorio fue un borrón de batas estériles, olor a alcohol y el sonido metálico de instrumentos quirúrgicos. El miedo era un animal frío en mi estómago. Mientras me ponían la vía en el brazo, pensé en Rubén. Pensé en cómo sus manos me habían sostenido cuando tropezaba. Pensé en su risa nerviosa. ¿Cómo podía tanta dulzura convivir con tanta crueldad?

—Cuenta hacia atrás desde diez, Jimena —dijo el anestesista.

Diez. El chirrido de las llantas. Nueve. El golpe. Ocho. Rubén leyéndome matemáticas. Siete. Su aliento en mi cuello en la fiesta. Seis. La voz de Gus: “Él iba conduciendo”. Cinco…

La negrura se tragó todo, pero esta vez, era una negrura inducida, una pausa antes de la tormenta.

Mientras yo dormía bajo el efecto de la anestesia, al otro lado de la ciudad, Rubén vivía su propio infierno. Su padre lo había encontrado borracho en el jardín la noche de la fiesta, llorando como un niño pequeño.

—Hijo, quiero hablar contigo —le dijo su padre días después, entrando en su habitación, que ahora parecía más una cueva llena de cajas de pizza y ropa sucia—. Desde que tu madre nos dejó, te he descuidado. Te llené de cosas materiales para compensar mi ausencia y creé a un mocoso arrogante. Creo que no he sido el padre que mereces. Te pido una disculpa.

Rubén estaba sentado en el borde de la cama, con la cabeza entre las manos.

—Está bien, papá… pero el problema no eres tú. Soy yo. Tengo que responsabilizarme. Lo que le hice a Jimena… no tiene nombre. Estoy muy arrepentido. Me duele aquí, en el pecho, como si me faltara aire todo el tiempo.

—Pues entonces deberías demostrárselo —dijo su padre, poniendo una mano en su hombro—. No con palabras, Rubén. Las palabras ya no valen nada para ella. Con acciones.

—¿Cómo? Ella no quiere verme. Me bloqueó de todo. Si me acerco, grita.

—No lo sé, hijo. Pero me gustaría que tu madre estuviera con nosotros en estos momentos; ella sabría qué decirte. Pero sé que encontrarás la manera. Así como me demostraste que podías mejorar tus notas, que podías ser una mejor versión de ti mismo estas últimas semanas… sé que harás lo correcto. Aunque lo correcto signifique dejarla ir o entregar tu propia libertad.

Rubén levantó la vista. Sus ojos estaban rojos e hinchados.

—Tengo que ir a la graduación. Sé que ella no va a ir, pero tengo que ir y terminar lo que empecé. Y luego… luego iré a la policía.

Su padre asintió lentamente, con una mezcla de dolor y orgullo.

—Haz lo que tengas que hacer.

CAPÍTULO 7: EL RENACER DE LOS COLORES

Despertar de la cirugía no fue como en las películas. No hubo una luz celestial inmediata. Hubo dolor. Un dolor punzante detrás de mis párpados, como si tuviera arena caliente dentro de las cuencas. Tenía los ojos vendados con capas y capas de gasa.

Pasé tres días en el hospital en total oscuridad, con la incertidumbre comiéndome por dentro. ¿Había funcionado? ¿O seguía ciega y ahora también adolorida?

—Hoy es el día, Jimena —dijo el doctor Arriaga con su voz tranquila—. Vamos a quitar los vendajes. Quiero que mantengas los ojos cerrados hasta que yo te diga, y luego los abras muy despacio. La luz va a ser agresiva al principio.

Mi madre me apretaba la mano tan fuerte que casi me cortaba la circulación. Sentí las tijeras cortando la gasa. Sentí el aire fresco tocar la piel de mis párpados por primera vez en semanas.

—Muy bien. Despacio. Abre los ojos.

Obedecí. Mis pestañas se despegaron con dificultad. Lo primero que vi fue blanco. Un blanco doloroso, brillante, que me hizo gemir y cerrar los ojos de golpe.

—Tranquila, es normal. Inténtalo de nuevo. Parpadea.

Lo intenté otra vez. El blanco empezó a romperse. Manchas. Sombras. Colores borrosos. Una figura delante de mí. Marrón. Gris. Carne.

—¿Mamá? —pregunté, mi voz temblando.

La figura se movió. Se acercó. La mancha se definió. Pude ver dos ojos llenos de lágrimas, una nariz roja, unos labios temblando.

—¡Jimena! ¡Mi niña! —gritó ella.

La vi. Veía a mi madre. Veía las arrugas de preocupación en su frente, veía el color gris de las paredes del hospital, veía el brillo metálico del estetoscopio del doctor. Lloré. Lloré porque el mundo había vuelto. Lloré porque era hermoso y aterrador a la vez.

Pero con la vista, volvieron los recuerdos visuales.

Durante la recuperación en casa, mi cerebro empezó a reconectar cables que habían estado sueltos. El neurólogo dijo que el trauma del accidente había bloqueado ciertas imágenes, pero ahora que el estímulo visual había regresado, los flashbacks podían ser intensos.

Y lo fueron.

Una tarde, mientras miraba por la ventana de mi cuarto, viendo caer la lluvia sobre Madrid, sucedió. Un relámpago iluminó el cielo y, de repente, no estaba en mi cuarto. Estaba en la calle, hace seis meses.

El sonido del motor. Me giro. La camioneta negra se me echa encima. El tiempo se ralentiza. Veo a través del parabrisas. Veo dos figuras. El conductor y el copiloto. El conductor gira el volante bruscamente, con pánico en su rostro. Veo sus ojos. Veo su boca abierta en un grito mudo.

Me agarré al marco de la ventana, jadeando. La imagen era nítida. Cristalina.

Recordaba la cara del conductor.

Y no era la cara de Rubén.

Mi corazón empezó a latir desbocado. Corrí hacia mi escritorio, donde tenía el anuario escolar del año pasado que había recuperado del fondo de un cajón. Pasé las páginas frenéticamente, devorando las imágenes con mis ojos hambrientos. Busqué la foto de la clase.

Allí estaba Rubén. Guapo, con esa sonrisa de medio lado que ahora conocía tan bien. Miré sus rasgos. La mandíbula, la forma de los ojos.

Luego miré la foto de al lado. Gustavo. Gus.

Volví a cerrar los ojos, invocando el recuerdo del accidente. La cara tras el volante. El pelo más corto, la nariz más ancha, la expresión de cobardía pura.

—Fue Gus —susurré a la habitación vacía—. Fue Gus quien conducía.

Todo encajó. La actitud de Rubén. Su culpa desmedida. “Yo fui el culpable”, me había dicho, pero nunca dijo “yo iba conduciendo”. Gus en la fiesta, borracho y defensivo, acusando a Rubén antes de que Rubén pudiera hablar.

Rubén había asumido la culpa. ¿Por qué? Probablemente porque el coche era suyo, o porque Gus iba borracho, o por alguna estúpida lealtad de “hermandad” tóxica que tenían antes. Rubén había cargado con el peso de haberme dejado ciega para proteger a su amigo, y luego, la culpa lo había carcomido hasta transformarlo.

Miré el reloj. Eran las cinco de la tarde.

Hoy era la graduación. El Acto Académico.

—Mamá —grité, corriendo hacia el pasillo—. ¡Mamá, necesito que me lleves al instituto! ¡Ahora!

—¿Qué? Pero Jimena, todavía estás sensible a la luz, el doctor dijo…

—¡Me da igual el doctor! ¡Tengo que ir! ¡Tengo que detenerlo antes de que cometa una locura!

Me puse el vestido de la fiesta, el único “decente” que tenía a mano. Me coloqué mis gafas de sol, no porque no pudiera ver, sino porque mis ojos aún estaban rojos y sensibles, y porque necesitaba el elemento sorpresa. Agarré mi bastón. Ya no lo necesitaba para caminar, pero lo necesitaba para lo que iba a hacer.

CAPÍTULO 8: LA VERDAD EN EL AUDITORIO

El auditorio del instituto estaba a reventar. El aire estaba viciado por el calor humano y el olor a laca. Desde la entrada trasera, oculta en las sombras, observé el mar de togas azules y birretes.

Vi a Rubén. Estaba sentado en la tercera fila, encorvado, mirando sus manos. Parecía haber envejecido diez años en una semana. No hablaba con nadie. A su lado, Gus reía con otros chicos, golpeándoles la espalda, actuando como si fuera el dueño del mundo. La rabia me subió por la garganta como bilis caliente.

El director estaba en el podio dando el discurso aburrido de siempre sobre el futuro y los sueños.

—…y por eso, esta generación es el futuro de España. Ahora, procederemos a la entrega de diplomas.

Era el momento.

Avancé por el pasillo central. El sonido de mi bastón golpeando el suelo de madera resonó en un momento de silencio entre aplausos. Toc. Toc. Toc.

Al principio, solo unos pocos se giraron. Luego, el murmullo empezó a crecer. “Es la ciega”. “Es Jimena”. “¿Qué hace aquí?”.

Llegué hasta el frente, justo debajo del escenario. Me quité las gafas de sol lentamente. Parpadeé ante los focos. Mis ojos, oscuros y profundos, recorrieron la sala. Ya no miraban al vacío. Tenían foco. Tenían dirección.

Miré directamente a Rubén. Él levantó la vista y se quedó paralizado. Su boca se abrió ligeramente. Vi cómo sus ojos se llenaban de lágrimas.

—Jimena… —susurró, aunque estaba lejos, pude leer sus labios.

El director carraspeó, nervioso.

—Señorita Jimena, nos alegra verla, pero no estaba previsto que…

Subí las escaleras del escenario. Me acerqué al micrófono. El silencio era absoluto.

—No se esperaban que viniera al acto académico, ¿verdad? —mi voz resonó amplificada por los altavoces, firme, sin rastro de la chica asustada que solía ser—. Pues aquí estoy. Para hacer mi última jugada.

Me giré hacia los graduados. Mis ojos se clavaron en Rubén, pero luego se desviaron hacia la derecha. Hacia Gus.

—Tú —dije, señalando con mi dedo índice—. Tú fuiste quien me atropelló.

El auditorio soltó un grito ahogado colectivo. Gus se puso pálido, su sonrisa desapareció al instante. Se levantó de un salto, indignado.

—¿Qué? ¡Estás loca! Yo no fui. ¡Rubén era el que estaba manejando! —gritó Gus, señalando a su amigo—. ¡Dile, Rubén! ¡Diles que fuiste tú!

Rubén se levantó lentamente. Miró a Gus con una mezcla de tristeza y asco, y luego me miró a mí. Bajó la cabeza, dispuesto a aceptar el sacrificio una vez más.

—Yo… —empezó Rubén.

—¡No! —lo corté tajantemente—. ¡Cállate, Rubén! Deja de protegerlo.

Rubén se quedó mudo. Gus empezó a sudar.

—No, yo jamás olvidaría un rostro —continué, bajando del escenario y caminando hacia ellos. Me detuve frente a Gus. Podía ver el pánico en sus pupilas dilatadas—. Sé que fuiste tú. Recuperé mi vista, Gustavo. Y con ella, recuperé mis recuerdos. Vi tu cara de cobarde tras el volante justo antes de impactarme. Vi cómo girabas el volante hacia mí en lugar de frenar.

—Eso es mentira… eres una ciega mentirosa… —balbuceó Gus, retrocediendo.

—Ya no soy ciega —dije, y le di un empujón fuerte en el pecho, haciéndolo caer sentado en su silla—. Y tú eres un criminal.

—¡Rubén! ¡Ayúdame! —chilló Gus.

Rubén lo miró desde arriba.

—Se acabó, Gus. Ya no voy a mentir por ti.

Rubén se giró hacia mí. Sus manos temblaban. Tenía miedo de mirarme, miedo de que, incluso sabiendo la verdad, yo no pudiera perdonarlo por haber sido cómplice, por haber callado.

—Eres un imbécil —le dije, y vi cómo se encogía—. No puedo creer que me hayas mentido todo este tiempo.

—Rubén, tranquilo —intervino Gus, desesperado, intentando cambiar la narrativa—. Todo este tiempo viví pensando y con la culpa de que yo atropellé a Jimena solo para salvar tu maldito y estúpido pellejo.

—¡Cállate! —gritó Rubén, estallando por fin—. ¡Lo siento! —se dirigió a mí, ignorando a todos los demás, ignorando al director que pedía orden, ignorando a los padres que grababan con sus móviles—. No quise hacerlo. Actué sin razón. Teníamos diecisiete años, estábamos asustados. Te bajé de la camioneta inconsciente… llamamos a la ambulancia anónimamente y huimos. Gus lloraba diciendo que su padre lo mataría, que arruinaría su vida… y yo… yo tomé el volante para que las huellas fueran mías si nos encontraban. De verdad, perdóname.

—Mira, lo bueno fue que no morí —dije, sintiendo cómo las lágrimas volvían a mis ojos, pero esta vez eran lágrimas de liberación—. Pero dañaste mis ojos. Dañaste mi vida. Y tú… —miré a Rubén— fuiste su cómplice.

Rubén asintió, derrotado.

—Lo sé. Y aceptaré lo que decidas. Si quieres que vaya a la cárcel, iré. Si quieres que desaparezca, desapareceré.

—No te quiero hacer de nuevo —le dije, acercándome a él hasta que nuestros zapatos se tocaron.

—¿Qué? —preguntó él, confundido.

—¡Lárgate! —le grité a Gus, que seguía balbuceando excusas—. ¡No te quiero volver a ver! ¡Acabas de romper nuestra amistad y tu futuro! La policía está en camino, mi madre los llamó con la confesión grabada que acabas de hacer delante de trescientas personas.

Gus miró a su alrededor. Vio las miradas de desprecio. Vio a dos guardias de seguridad acercándose por el pasillo. Salió corriendo por la salida de emergencia como la rata que era.

El auditorio estaba en silencio, esperando el desenlace entre Rubén y yo.

—Jimena… —dijo Rubén—. ¿Estás bien?

—Nunca pensé que hubieras sido tú el que me hizo eso, el que me engañó —dije suavemente—. Y ahora estoy más tranquila de saber que fue Gus quien conducía. Pero tú… tú me engañaste al acercarte a mí.

—Al principio sí —admitió él, con la voz rota—. Me acerqué por culpa. Quería ver si estabas bien. Quería… expiar mis pecados. Pero luego… luego te conocí. Conocí tu risa, tu fuerza, tu inteligencia. Y me enamoré, Jimena. Te juro que me enamoré perdidamente de ti.

—Lo siento por todo lo que tuviste que pasar —le dije, levantando mi mano y tocando su rostro por primera vez con la certeza de la vista. Su piel era cálida. Sus ojos eran de un marrón profundo, llenos de amor y arrepentimiento—. No te preocupes. Los dos fuimos víctimas de él. Tú fuiste víctima de tu lealtad mal entendida.

—Pero recuperé mi vista —continué, sonriendo entre lágrimas—. Y ahora puedo ver al hombre del que me enamoré.

Rubén parpadeó, incrédulo.

—¿Estás… estás enamorada de mí? ¿Después de todo?

—Sí, tonto. Llevaba tanto tiempo imaginando tu rostro. Yo sabía que no eras el Rubén cruel que fingías ser. Sabía que había un corazón noble debajo de esa capa de idiotez adolescente.

Rubén soltó un sollozo de alivio y me abrazó. Me levantó en el aire, girando conmigo en el centro del escenario. Los aplausos estallaron. No eran aplausos de protocolo, eran aplausos reales, emocionados. Sus compañeros, los mismos que se habían burlado, ahora vitoreaban el final de cine de nuestra tragedia.

Me bajó y me miró a los ojos, esos ojos que ahora podía ver devolviéndole la mirada.

—Jimena, tus ojos son justo como los imaginé —dijo, acariciando mi mejilla—. Son la cosa más bonita que he visto en mi vida.

—¿Te parece si entramos en nuestra nueva vida? —le pregunté.

—Me parece perfecto.

Salimos del auditorio de la mano, dejando atrás las togas, los diplomas y el pasado. Afuera, el sol de Madrid brillaba con fuerza, pero ya no me lastimaba. Porque ahora sabía que, a veces, es necesario perder la vista para aprender a ver quién está realmente a tu lado.

Siempre podemos ser una mejor versión de nosotros mismos, una en la que estemos acompañados de personas de bien que nos complementen y nos alienten a más. Puede dar miedo dar ese primer paso, enfrentar la verdad, quitarse las vendas. Es verdad. Pero una vez haciéndolo, descubres algo nuevo y bueno de ti mismo. Algo mejor.

La vida me quitó la luz para enseñarme a brillar en la oscuridad. Y ahora que he vuelto a ver, sé que no hay paisaje más hermoso que el perdón.

EPÍLOGO: CUANDO LA LUZ REGRESA A LOS OJOS DEL ENAMORADO

Contexto: Madrid, 10 años después. Personajes: Jimena (28 años) y Rubén (28 años).

CAPÍTULO 1: EL COLOR DE LOS RECUERDOS (PUNTO DE VISTA DE JIMENA)

El otoño en Madrid era de una belleza sobrecogedora. Los árboles a lo largo del Paseo del Prado se habían teñido de un dorado brillante, como pequeñas hogueras que calentaban el aire fresco de octubre. Yo estaba de pie junto al ventanal de suelo a techo del Museo Reina Sofía, con una copa de vino tinto en la mano, observando distraídamente a la gente pasar allá abajo.

Diez años. Habían pasado diez años desde aquel día en que subí al escenario del instituto, revelé la verdad y reclamé justicia para mí misma.

Hoy era la inauguración de mi primera exposición fotográfica en solitario, titulada: “La Oscuridad y Lo Visible”. Irónico, ¿verdad? Una chica que una vez fue ciega ahora se gana la vida “mirando” y capturando momentos para que otros los vean. Pero quizás, fue precisamente ese tiempo viviendo en las sombras lo que me enseñó a apreciar la luz de una manera que la gente común no puede entender.

Había muchos invitados. Las felicitaciones, el tintineo de las copas de cristal, el perfume caro mezclándose con el olor a papel fotográfico nuevo. Pero en mi corazón, todavía había un vacío. Un vacío con nombre de pasado.

Después de la graduación, Rubén y yo intentamos salir. Lo intentamos. Realmente lo intentamos con todas nuestras fuerzas. Pero el fantasma del accidente, las mentiras y el abrumador sentimiento de culpa de Rubén eran demasiado grandes. Cada vez que lo miraba a los ojos, veía amor, pero también veía un tormento agonizante. Él no podía perdonarse a sí mismo por haber guardado silencio y encubierto a Gus, y yo, aunque dije que lo perdonaba, en lo profundo de mi subconsciente, todavía tenía noches en las que me despertaba sobresaltada por la pesadilla del chirrido de unos neumáticos quemando el asfalto.

Rompimos el verano de nuestro primer año de universidad. Sin peleas, sin gritos. Solo una tarde sentados junto al estanque del Retiro, él tomó mi mano y dijo: “Necesito irme para encontrarme a mí mismo y ser digno de ti. Ahora mismo, solo soy un cobarde intentando jugar a ser un héroe”.

Y así, se fue. Se mudó a Italia para estudiar Arquitectura. Yo me quedé en Madrid, estudiando Bellas Artes. Diez años sin vernos, solo escuchando noticias el uno del otro de vez en cuando a través de viejos amigos.

— Jimena, esta foto es increíble. La forma en que capturaste la luz en los ojos de ese niño ciego… es realmente conmovedora.

La voz de Carlos, el crítico de arte, interrumpió mis pensamientos. Sonreí cortésmente y me giré para responder. — Gracias, Carlos. A veces, aquellos que no pueden ver son los que ven la naturaleza del mundo con mayor claridad.

— Hablas como una filósofa —se rió él—. Por cierto, he notado que hay un hombre que lleva rato mirando fijamente tu fotografía principal en aquella esquina. Lleva ahí parado casi 30 minutos, sin moverse. Parece un admirador muy devoto.

Mi corazón dio un vuelco. Una extraña intuición, ese tipo de instinto que me ayudó a sobrevivir en mis días de ceguera, surgió de repente con fuerza.

— ¿Qué hombre? —pregunté, con la voz un poco temblorosa.

— Aquel de allá. El del abrigo color camel, alto, con un aire bohemio.

Seguí la dirección de la mano de Carlos. En la esquina más alejada de la sala, donde colgaba la foto que tomé de una bicicleta tirada bajo la lluvia —la imagen más simbólica sobre el accidente de hace años— había una espalda familiar.

Esos hombros eran más anchos que en mis recuerdos. Su postura era más firme, más madura. Pero la forma en que inclinaba ligeramente la cabeza hacia la derecha cuando estaba concentrado… No podía confundirme.

Era Rubén.

Todos los sonidos a mi alrededor parecieron desvanecerse. Solo quedaba el sonido de mis tacones golpeando el suelo de madera mientras daba cada paso hacia él. Diez años de separación, diez años de madurez, diez años para que las heridas sanaran y dejaran cicatrices. ¿Dolería esa cicatriz con el cambio de viento?

Me detuve a tres pasos de él. Aún no se había dado cuenta de mi presencia. Estaba absorto mirando la foto, o mejor dicho, mirando su propio pasado reflejado a través de mi lente.

— ¿Te parece triste esa bicicleta? —dije, con voz suave pero suficiente para romper la burbuja de silencio a su alrededor.

Sus hombros se tensaron. Se giró lentamente.

En el momento en que nuestras miradas se cruzaron, el tiempo se detuvo. El Rubén de 28 años ya no tenía la arrogancia imprudente del adolescente de antaño. Su rostro era más anguloso, con algunas líneas finas alrededor de los ojos, y su mirada… su mirada era tranquila, profunda como el océano.

— No —respondió, con esa voz cálida y grave que yo solía escuchar cada noche en mis sueños—. No la veo triste. Veo que está descansando. Después de una caída dolorosa, sigue ahí, entera, esperando ser levantada para seguir adelante.

Las lágrimas amenazaron con salir, pero las contuve. Sonreí. — Cuánto tiempo, “Príncipe”.

Rubén sonrió, una sonrisa extrañamente gentil. — Cuánto tiempo, Jimena. Estás… estás radiante. Más radiante incluso que el día que te quitaron las vendas.

CAPÍTULO 2: EL ARQUITECTO DE LOS ARREPENTIMIENTOS (PUNTO DE VISTA DE RUBÉN)

No planeaba venir aquí. De verdad que no.

Cuando vi el póster de la exposición en una calle de Madrid la semana pasada, el nombre “Jimena Castillo” golpeó mi mente como un puñetazo. Me quedé aturdido en medio de un cruce durante cinco minutos, ignorando los empujones de la gente. Ella lo había logrado. Se había convertido en artista, tal como el sueño que me contó en aquellas tardes en que le daba clases particulares; aquellas tardes llenas de culpa y dulzura.

Ahora soy arquitecto. Mi trabajo consiste en diseñar cimientos sólidos, construir hogares seguros para otros. Quizás esa sea mi forma de compensar el haber destruido una vez la vida de una chica por mi cobardía. Quiero construir, no destruir más.

Los últimos diez años en Italia viví como un monje ascético. Estudié como un loco, trabajé como un loco. Me mantuve alejado de las fiestas y las locuras de la juventud. Gus… ese nombre a veces todavía aparece. Después del incidente en la escuela, Gus fue expulsado y su familia se derrumbó por el escándalo. Cayó en el alcohol y las drogas. La última vez que supe de él, estaba en un centro de rehabilitación en las afueras de Valencia. No sentí satisfacción, solo tristeza. Tristeza por una amistad mal colocada y por las malas decisiones.

Dudé frente a la puerta de la galería durante una hora. Tenía miedo. Miedo de ver desprecio en sus ojos. O peor aún, indiferencia. Si ella me miraba como a un extraño, eso me mataría.

Pero entonces, mis pies entraron por sí solos. Necesitaba verla.

Y cuando se paró frente a mí, resplandeciente con su vestido verde esmeralda, con esos ojos brillantes llenos de confianza, supe que había perdido la batalla. Nunca dejé de amarla. Diez años o veinte, mi corazón seguía perdiendo el ritmo por la chica ciega que me enseñó a verme a mí mismo.

— Estás radiante —se me escapó la verdad más desnuda de mi corazón.

— Y tú —Jimena inclinó la cabeza, sus ojos escrutando mi traje con picardía— pareces más un hombre decente que el matón de la escuela de hace años.

— Lo he intentado —confesé—. He intentado cada día convertirme en alguien de quien no tengas que avergonzarte si me mencionas.

— Nunca me avergonzaste, Rubén. Me hiciste daño, sí. Pero también fuiste quien salvó mis días más oscuros.

Ella lo dijo, pero aún sentí una punzada en el corazón. — ¿Podemos… salir un momento? Aquí hay mucho ruido y tengo miedo de arruinar tu atmósfera artística con mi incomodidad.

Jimena soltó una risita. — Claro. Yo también necesito escapar de los críticos.

Salimos del museo y caminamos por la calle de Atocha. La brisa nocturna de Madrid jugaba con su cabello, trayendo ese aroma familiar a jazmín. Caminamos juntos, sin bastón, sin necesidad de guía, pero la distancia entre nuestros hombros parecía estar conectada por los hilos invisibles de la memoria.

— ¿Dónde has estado todo este tiempo? —preguntó Jimena, rompiendo el silencio.

— Florencia, Italia. Estudié arquitectura. Quería construir casas con la mayor cantidad de luz posible.

— ¿Por qué?

— Porque una vez dijiste que la oscuridad es muy fría. Quiero que cualquiera que viva en una casa diseñada por mí nunca tenga que sentir eso.

Jimena se detuvo. Me miró, con los ojos vidriosos. — Rubén, ¿todavía te sigues torturando?

— ¿Cómo podría olvidarlo? —Sonreí con amargura, pateando suavemente una piedra en el camino—. Cada vez que me siento detrás de un volante… bueno, no, ya no conduzco. Uso el metro o camino. No he podido tocar un volante desde ese día. El miedo a volver a lastimar a alguien… es demasiado grande.

Jimena puso su mano sobre mi brazo. El calor de su mano atravesó mi abrigo, directo a mi corazón tembloroso. — Gus fue quien conducía, Rubén. Tú solo eras un niño estúpido que quería proteger a su amigo. Y ya has pagado por eso con toda una juventud sumida en el arrepentimiento. Diez años son más que suficientes para una condena.

— Pero si no lo hubiera encubierto, te habrían tratado antes. No habrías tenido que soportar mi acoso en la escuela.

— Y si no me hubieras acosado, nunca te habrías convertido en mi tutor. Nunca nos habríamos conocido. Yo solo sería una chica ciega anónima, y tú solo serías un chico malo e ignorante. —Jimena me miró directamente a los ojos, firme—. A veces, el destino escribe guiones terribles para crear finales hermosos. Te perdono, Rubén. Esta vez es de verdad. No es el perdón de una adolescente enamorada, sino el perdón de una mujer que entiende la vida.

Sentí que mi pecho se aligeraba, como si una roca de mil kilos que había cargado durante una década acabara de ser levantada.

CAPÍTULO 3: LOS FRAGMENTOS REPARADOS (EL DIÁLOGO DE DOS ALMAS)

Nos detuvimos en un pequeño bar de tapas cerca de la Plaza Mayor. El ambiente era acogedor, ruidoso con las risas de los comensales, y olía a jamón ibérico y sangría.

— Cuéntame de tu vida —dijo Jimena, apoyando la barbilla en sus manos y mirándome con curiosidad, tal como lo hacía cuando tocaba mi cara para imaginarla.

— No hay mucho que contar. Trabajo por la mañana, dibujo planos por la noche. Los fines de semana visito a papá. Ya está viejo, se jubiló. Todavía habla de ti. Dice que eres la única chica que pudo “domar” al hijo desastroso que tenía.

Jimena se rió por lo bajo. — ¿Tu padre está bien?

— Está bien, pero muy arrepentido. Por cómo me educó en aquel entonces. Ahora somos mucho más cercanos. ¿Y tú? ¿Has tenido… a alguien?

La pregunta salió de mi boca con dificultad. Temía la respuesta. Una chica tan maravillosa como Jimena seguramente tendría a montones de hombres detrás.

Jimena giró la copa de vino en su mano, bajando la mirada. — Intenté salir con algunos. Un fotógrafo, un oftalmólogo…

Mi corazón se apretó. — ¿Y?

— Y… ninguno de ellos pudo soportarme.

— ¿Por qué? Si eres perfecta.

— No es porque sea difícil. Es porque siempre los comparaba. —Levantó la vista hacia mí—. Comparaba cómo tomaban mi mano con cómo tú me sostenías cuando tropezaba. Comparaba cómo hablaban con cómo tú me leías el libro de matemáticas, aunque odiaras las matemáticas. Me di cuenta de que no estaba buscando un nuevo amor. Estaba buscando una vieja sensación en personas nuevas. Y eso no era justo para ellos.

Me quedé atónito. Mi mano temblorosa se posó sobre la mesa, avanzando tímidamente hacia la suya. — Tú… ¿todavía recuerdas esas cosas?

— ¿Cómo podría olvidar a la persona que me enseñó que, incluso en la oscuridad, se puede encontrar a un príncipe… aunque ese príncipe sea un poco tonto y un acosador?

Ambos nos reímos. La risa disolvió cualquier barrera restante.

— Jimena —apreté su mano, sintiendo su suavidad y familiaridad—, he vuelto. Esta vez, no soy un niño asustado de 17 años, ni un fugitivo. Soy Rubén, arquitecto, soltero, y sigo enamorado en secreto de mi tutora desde hace 10 años. ¿Acaso… acaso necesitas un modelo para tu próxima sesión de fotos? ¿O alguien que cargue tu cámara? ¿O simplemente un hombre para pasear contigo cada noche?

Jimena me miró, sus ojos reflejaban la cálida luz amarilla del bar, brillando como si contuvieran miles de estrellas. No retiró su mano.

— No necesito un modelo —dijo lentamente—. Pero necesito un arquitecto.

— ¿Para diseñar una casa?

— No —sonrió, la sonrisa más radiante que jamás había visto—. Para rediseñar mi futuro. Un futuro con cimientos sólidos, sin mentiras, sin huidas. ¿Aceptas este proyecto? La paga será muy alta.

— ¿Cuál es la paga? —pregunté, con el corazón latiendo como si fuera a estallar.

— Es toda mi vida.

Me levanté, rodeé la mesa e hice lo que había anhelado durante una década. Me incliné, besé suavemente su frente y luego bajé lentamente hasta sus labios. El beso sabía a sangría, a nostalgia y al dulce sabor del perdón.

CAPÍTULO 4: EL FINAL Y EL NUEVO COMIENZO

(Un año después del reencuentro)

Punto de vista del Narrador:

Madrid, una tarde soleada de domingo.

En el Parque del Retiro, hay una pareja sentada en el césped. La mujer sostiene una cámara, apuntando el objetivo hacia el lago brillante. El hombre está recostado con la cabeza en el regazo de ella, sosteniendo un libro, pero sus ojos están fijos en el rostro de su amada.

— Rubén, me estás tapando la luz —se quejó Jimena con cariño, pero su mano se deslizó por el cabello de él, acariciándolo suavemente.

— Yo soy tu luz, ¿para qué necesitas la luz del sol? —respondió Rubén con esa desvergüenza que no había cambiado desde la secundaria, pero sus ojos rebosaban adoración.

A lo lejos, un hombre desaliñado, cojeando, con una botella de vino barato en la mano, pasó caminando. Era Gus. Miró hacia la pareja feliz en el césped. Los reconoció. Reconoció a Rubén —el viejo amigo al que traicionó— y a Jimena —la chica a la que destruyó—. Los celos y el arrepentimiento brotaron en sus ojos, pero sabía que ya no tenía derecho a entrar en ese mundo. Se subió la capucha del abrigo, giró la cara y caminó rápidamente hacia la sombra de los árboles.

Rubén pareció sentir algo. Levantó la cabeza, mirando hacia el camino.

— ¿Qué pasa, amor? —preguntó Jimena, bajando la cámara.

Rubén vio la espalda de Gus desvanecerse. Ya no sentía ira, ni miedo. Solo quedaba calma. El pasado realmente se había ido.

— No es nada. Solo una vieja sombra que acaba de pasar.

Se sentó, rodeando a Jimena con sus brazos desde atrás, apoyando la barbilla en su hombro. — Jime.

— ¿Sí?

— ¿Recuerdas el problema de probabilidad y estadística que me enseñaste hace años?

— Lo recuerdo. ¿Por qué preguntas sobre matemáticas en un momento tan romántico?

— Estoy calculando la probabilidad. La probabilidad de que un idiota conozca a un ángel, hiera a ese ángel, y luego sea salvado y amado de nuevo por ese mismo ángel. ¿Sabes cuál es esa probabilidad?

Jimena sonrió, girándose para mirarlo de frente. — Casi cero.

— Exacto. Casi cero. Pero sucedió. Y yo lo llamo un milagro.

— No es un milagro, Señor Arquitecto —susurró Jimena, poniendo la mano sobre el corazón de él—, es una elección. Elegimos no renunciar el uno al otro, incluso cuando todo se derrumbó.

— Entonces, ¿ahora eliges casarte conmigo?

Jimena abrió mucho los ojos. Rubén sacó del bolsillo de su abrigo una pequeña caja de terciopelo rojo. Dentro había un anillo simple pero exquisito, diseñado con líneas que imitaban la forma de una onda sonora: la voz de ella, el sonido que lo había guiado a través de sus años perdidos.

— Yo lo diseñé —dijo Rubén, con la voz un poco temblorosa—. Imita la frecuencia de tu voz cuando dijiste “Te perdono”. Es el cimiento de la casa que quiero construir contigo.

Lágrimas de felicidad rodaron por las mejillas de Jimena. No necesitaba ver para saber lo hermoso que era el anillo, porque estaba fundido con el amor más sincero.

— Acepto.

Bajo el cielo azul de Madrid, intercambiaron un beso que prometía un futuro eterno. Sin oscuridad, sin secretos, solo amor y comprensión.

Su historia comenzó con una tragedia, atravesó las tormentas de la juventud, para terminar con el arcoíris brillante de la madurez y el perdón.

Ellos demostraron que: No importa cuán perdido hayas estado en la oscuridad más profunda, siempre que te atrevas a enfrentar y reparar tus errores, la luz seguramente encontrará el camino de regreso.

FIN